chica de muy buen aspecto, que se fue a la feria de Greenwich con el sombrero de Dora.
Después ya sólo recuerdo una multitud de fracasos sucesivos.
Parecíamos destinados a que todo el mundo nos engañara. En cuanto aparecíamos en
una tienda nos ofrecían la mercancía averiada. Si comprábamos una langosta estaba llena
de agua; la carne estaba pasada; nuestros panecillos sólo tenían miga. Con objeto de
estudiar el principio de la cocción de un rosbif para que esté en su punto, tuve yo mismo
que acudir al libro de cocina; pero debíamos ser víctimas de una extraña fatalidad, pues
nunca conseguíamos el justo medio entre la carne sangrando y la carne quemada.
Estaba convencido de que todos aquellos desastres nos costaban mucho más caro que si
hubiéramos ejecutado una serie de triunfos, y estudiando nuestras cuentas veía que
habíamos gastado manteca suficiente para embadurnar el piso bajo de nuestra casa. ¡Qué
consumo! Yo no se si seria que las contribuciones indirectas habían hecho aquel año
encarecer la mostaza; pero al paso que íbamos, iba a ser necesario, para que nosotros
tuviéramos mostaza suficiente, que muchas familias se privaran de ella, cediéndonos su
parte. Y lo más sorprendente de todo aquello es que en casa nunca se encontraba.
También nos sucedió que la lavandera empeñó nuestra ropa, y vino después en un
estado de embriaguez, arrepentida, a implorar nuestro perdón; pero supongo que estas cosas le habrán ocurrido a todo el mundo. Ta mbién tuvimos que soportar un fuego que se
armó en la chimenea; pero todo esto son desgracias corrientes. Lo que nos era personal
era la cuestión de las criadas. Una de ellas tenía pasión por los licores fuertes, lo que
aumentaba nuestra cuenta de cerveza y de licores en el café que nos los suministraban.
Encontramos en la cuenta artículos inexplicables, como: «Un cuarto de litro de ron
(mistress C.) y medio cuarto de ginebra (mistress C.); un vaso de ron y de menta
(mistress C.).» Los paréntesis se referían siempre a Dora, que pasaba, según supimos
después, por haber ingerido todos aquellos licores.
Una de nuestras primeras hazañas fue dar de comer a Traddles. Le encontré una
mañana y le dije que viniera a vemos por la tarde. Él consintió, y escribí dos letras a Dora
diciéndole que llevaría a nuestro amigo. Era un día muy hermoso, y en el camino
charlarnos todo el tiempo de mi felicidad. Traddles estaba convencido, y me decía que el
día en que él supiera que Sofía le esperaba por la tarde en una casita como la nuestra no
faltaría nada a su dicha.
Yo no podía desear una mujercita más encantadora que la que se sentó aquella tarde
frente a mí; pero lo que sí hubiera deseado es que la habitación fuese un poco menos
pequeña. Yo no sé en qué consistía, pero, aunque no éramos más que los dos, nunca había
sitio, y, sin embargo, la habitación era bastante grande para que nuestros muebles se
perdieran en ella. Sospecho que era porque nada tenía sitio fijo, excepto la pagoda de Jip,
que siempre impedía el paso. Aq uella tarde Traddles estaba tan encerrado entre la
pagoda, la caja de la guitara, el caballete de Dora y mi mesa, que yo temía no tuviera
bastante sitio para manejar su cuchillo y su tenedor; pero él protestaba con su buen humor
habitual diciendo: «Tengo un océano de sitio, Copperfield; un océano, te lo aseguro».
También había otra cosa que me hubiera gustado impedir; me hubiera gustado que no
se animara la presencia de Jip encima del mantel durante la comida. Me hubiese parecido
molesto que estuviera allí aunque no hubiera tenido la mala costumbre de meter la pata
en la sal y en la manteca. Aquella vez yo no sé si es que se creía especialmente encargado
de dar caza a Traddles; pero no cesó de ladrarle y de saltar encima de su plato, poniendo
en aquellas maniobras tal obstinación, que no podía hablarse de otra cosa.
Pero como yo sabía lo tierno que tenía Dora el corazón y lo sensible que era en lo que
se refiere a su favorito, no hice ninguna objeción; ni siquiera me permití una alusión a los
platos que Jip destrozaba en el suelo, ni a la falta de simetría en el arreglo de los