Y señaló aquellas odiosas arrugas con su lápiz, que lle vaba a sus labios rosas para que
marcara más negro; después hacía como que trabajaba tan seriamente en mi frente, con
una expresión tan cómica, que me eché a reír, a pesar de todos mis esfuerzos.
-¡Así me gusta, eres un buen muchacho! -dijo Dora-. Estás mucho más guapo cuando te
ríes.
-Pero, amor mío...
-¡Oh, no, no, te lo ruego! -exclamó Dora abrazándome-. No hagas el Barba Azul, no
pongas esa expresión seria.
-Pero, mi querida mujercita - le dije-sin embargo, es necesario ponerse serio alguna vez.
Ven a sentarte en esta silla a mi lado. Dame el lápiz. Vamos a hablar de un modo
razonable. ¿Sabes, querida mía (¡qué manita tan dulce para tener entre las mías y qué
precioso anillo para ver en el dedo de mi recién casada!), sabes, querida: te parece muy
agradable verse obligado a marcharse sin comer? Vamos, ¿qué piensas?
-No -respondió débilmente Dora.
-Pero, querida mía, ¡cómo tiemblas!
-Porque sé que vas a regañarme -exclamó Dora en un tono lamentable.
-Querida mía, sólo voy a tratar de hablarte de un modo razonable.
-¡Oh!, pero eso es peor que regañar-exclamó Dora, desesperada-. Yo no me he casado
para que me hablen razonablemente. Si quieres razonar con una pobre cosita como yo,
hubieras debido avisármelo. ¡Eres malo!
Traté de calmarla; pero se ocultó el rostro, y sacudía de vez en cuando sus bucles
diciendo: «¡Oh, eres malo!». Yo no sabía qué hacer; me puse a recorrer la habitación, y
después me acerqué a ella.
-¡Dora, querida mía!
-No, no me quieres, y estoy segura de que te arrepientes de haberte casado; si no, no me
hablarías así.
Aquel reproche me pareció tan inconsecuente, que tuve valor para decirle:
-Vamos, Dora mía, no seas niña; estás diciendo cosas que no tienen sentido.
Seguramente recordarás que ayer me tuve que marchar a medio comer, y que la víspera el
cordero me hizo daño porque estaba crudo y lo tuve que tomar corriendo; hoy no puedo
comer, en absoluto, y no digo nada del tiempo que hemos esperado el desayuno; y
después, el agua para el té ni siquiera hervía. No es que te haga reproches, querida mía;
pero todo eso no es muy agradable.
-¡Oh, qué malo, qué malo eres! ¿Cómo puedes decirme que soy una mujer
desagradable?
-Querida Dora, ¡sabes que nunca he dicho eso!
-Has dicho que todo esto no era muy agradable.
-He dicho que la manera con que llevábamos la casa no era agradable.
-¡Pues es lo mismo! --exclamó Dora.
Y evidentemente lo creía, pues lloraba con amargura.
Di de nuevo algunos pasos por la habitación, lleno de amor por mi linda mujercita y
dispuesto a romperme la ca beza contra las puertas, tantos remordimientos sentía. Me
volví a sentar y le dije:
-No te acuso, Dora; los dos tenemos mucho que aprender. únicamente quería
demostrarte que es necesario, verdaderamente necesario (estaba decidido a no ceder en
aquel punto), que te acostumbres a vigilar a Mary Anne y también un poco a obrar por ti
misma, en interés tuyo y mío.