color crema y azul cielo; míster Dick y él me ha cen el efecto de estar enguantados de la
cabeza a los pies.
Sin duda, veo así las cosas porque sé que son siempre así; pero no deja de parecerme un
sueño, y todo lo que veo no tiene nada de real. Sin embar go, mientras nos dirigimos a la
iglesia, en calesa descubierta, este matrimonio fantástico es lo bastante real para llenarme
de una especie de compasión por los desgraciados que no se casan como yo, y que siguen
barriendo delante de sus tiendas o yendo hac ia su trabajo habitual.
Mi tía, durante todo el camino, tiene mi mano entre las suyas. Cuando nos detenemos a
cierta distancia de la iglesia para que baje Peggotty, que ha venido en el pescante, me
abraza muy fuerte.
-¡Que Dios te bendiga, Trot! No podría querer más a mi propio hijo, y hoy por la
mañana estoy recordando mucho a tu madre, la pobrecilla.
-Y yo también, y todo lo que te debo, querida tía.
-¡Bah!, ¡bah! -dijo mi tía.
Y en el exceso de su cariño tendió la mano a Traddles; Traddles se la tendió a míster
Dick, que me la tendió a mí, y yo a mi vez a Traddles; por fin, ya estamos en la puerta de
la iglesia.
La iglesia está muy tranquila; pero para tranquilizarme a mí sería necesaria una
máquina de fuerte presión; estoy demasiado emocionado. Todo lo demás me parece un
sueño más o menos incoherente.
Y sigo soñando que entran con Dora; que la mujer de los bancos nos alinea delante del
altar como un sargento; sueño que me pregunto por qué esas mujeres serán siempre tan
agrias. El buen humor será un peligro tan grande para el sentimiento religioso que serán
necesarias esas copas de hiel y de vinagre en el camino del paraíso.
Sueño que el pastor y su ayudante aparecen, que algunos marineros y otras personas
vienen a vagar por allí, que tengo tras de mí a un marino viejo que perfuma toda la iglesia
con un fuerte olor a ron, que empiezan el servicio con una voz profunda y que todos
estamos muy atentos.
Que miss Lavinia, que hace de dama de honor suplementaria, es la primera que se echa
a llorar, haciendo homenaje con sus sollozos, según pienso, a la memoria de míster Pidger; que miss Clarissa le acerca a la nariz su frasco de sales; que Agnes cuida de Dora;
que mi tía hace todo lo que puede para tener un aspecto imponente, mientras las lágrimas
corren a lo largo de sus mejillas; que mi pequeña Dora tiembla con todos sus miembros y
que se le oye murmurar muy débilmente sus respuestas.
Que nos arrodillamos uno al lado del otro; que Dora tiembla un poco menos, pero que
no suelta la mano de Agnes; que el ofic io continúa severo y tranquilo; que cuando ha
terminado nos miramos a través de nuestras lágrimas y sonrisas; que en la sacristía m i
querida mujercita solloza, llamando a su querido papá, a su pobre papá.
Que pronto se repone y firmamos en el gran libro uno después de otro; que voy a buscar
a Peggotty a las tribunas para que venga también a firmar, y que me abraza en un rincón,
diciéndome que también vio casarse a mi pobre madre; que todo ha terminado, y que nos
marchamos.
Que salgo de la iglesia radiante de alegría, dando el brazo a mi encantadora esposa; que
veo a través de una nube los rostros amigos, el coro, las tumbas y los bancos, el órgano y
las vidrieras de la iglesia, y que a todo esto viene a mezclarse el recuerdo de la iglesia
donde iba con mi madre cuando era niño, ¡ay!, hace ya tanto tiempo.
Que oigo decir bajito a los curiosos, al vernos pasar: «¡Vaya una parejita joven!».
«¡Qué casadita tan linda!» Que todos estamos contentos y eufóricos mientras volvemos a
Putney; que Sofía nos cuenta cómo ha estado a punto de ponerse mala cuando han pedido