podemos estar juntos cinco minutos sin que alguna mujer inoportuna venga a llamar a la
puerta:
-Miss Dora, ¿podría usted hacer el favor de subir un momento?
Miss Clarissa y mi tía se dedican a recorrer todas las tiendas de Londres para nuestro
mobiliario, y después nos llevan a verlo. Pero mejor sería que lo eligieran solas, sin obligarnos a Dora y a mí a que lo inspeccionemos, pues al it a ver las cacerolas para la
cocina, Dora ve un pabelloncito chino para Jip, con sus campanitas en lo lato, y prefiere
comprarlo. Después Jip no consigue acostumbrarse a su nueva residencia, pues no puede
entrar ni salir en ella sin que las campanitas suenen, lo que le asusta de un modo ho rrible.
Peggotty llega también para ayudar, y enseguida pone manos a la obra. Frota todo lo
frotable hasta que lo ve relucir, quieras que no, como su frente lustrosa. Y de vez en
cuando me encuentro a su hermano vagando solo por las no ches a través de las calles
sombrías, deteniéndose a mirar todas las mujeres que pawn. Nunca le hablo cuando me le
encuentro a esas horas, porque sé demasiado, cuando le veo grave y solitario, lo que
busca y lo que teme encontrar.
¿Por qué Traddles se da tanta importancia esta mañana al venir a buscarme al Tribunal
de Doctores, donde voy todavía alguna vez cuando tengo tiempo? Es que mis sueños van
a realizarse; hoy voy a sacar mi licencia de matrimonio.
Nunca un documento tan pequeño ha representado tantas cosas, y Traddles lo
contempla encima de mi pupitre con admiración y con espanto. Los nombres están
dulcemente mezclados: David Copperfield y Dora Spenlow; y en un rincón, el timbre de
aquella paternal institución que se interesa con tanta benevolencia en las ceremonias de la
vida humana, y el arzobispo de Canterbury que nos da su bendició n, también impresa, al
precio más barato posible.
Pero todo esto es un sueño para mí, un sueño agitado, dichoso, rápido. No puedo creer
que sea verdad; sin embargo, me parece que todos los que encuentro en la calle deben
darse cuenta de que me caso pasado mañana. El delegado del arzobispo me reconoce
cuando voy a prestar juramento y me trata con tanta familiaridad como si hubiera entre
nosotros algún lazo de masonería. Traddles no me hace ninguna falta; sin embargo, me
acompaña a todas partes como mi sombra.
-Espero, amigo mío - le dije a Traddles-, que la próxima vez vengas aquí por tu propia
cuenta, y que sea muy pronto.
-Gracias por tus buenos deseos, mi querido Copperfield -respondió-; yo también lo
espero. Y por lo menos es una satisfacción el saber que me esperará todo lo que sea
necesario y que es la criatura más encantadora del mundo.
-¿A qué hora vas a esperarla en la diligencia esta tarde?
-Alas siete -dijo Traddles mirando su viejo reloj de plata, aquel reloj al que en la
pensión había quitado una rueda para hacer un molino-. Miss Wickfield llega casi a la
misma hora, ¿no?
-Un poco más tarde: a las ocho y media.
-Te aseguro, querido mío -me dijo Traddles-, que estoy casi tan contento como si me
fuera a casar yo, y además no sé cómo darte las gracias por la bondad con que has asociado personalmente a Sofía a esta fiesta invitándola a ser dama de honor con miss
Wickfield. ¡Te lo agradezco más!...
Le escucho y le estrecho la mano. Charlamos, nos paseamos y comemos. Pero yo no
creo una palabra de nada; estoy seguro de que es un sueño.
Sofía llega a casa de las tías de Dora a la hora fijada. Tiene un rostro encantador; no es
una belleza, pero es extraordinariamente atractiva; nunca he visto una persona más
natural, más franca, más atrayente. Traddles nos la presenta con orgullo, y durante diez