deducido con gusto, por aquellos indicios, que a míster Micawber le iba bien; por lo
tanto, me sorprendió mucho recibir un día la carta siguiente, de su amable esposa:
«Canterbury, lunes por la noche.
Le sorprenderá mucho, mi querido Copperfield, recibir esta carta. Quizá
le sorprenda todavía más su contenido, y quizá más todavía la súplica de
secreto absoluto que le dirijo; pero, en mi doble calidad de esposa y
madre, tengo necesidad de desahogar mi corazón, y como no quiero
consultar a mi familia (siempre poco favorable a míster Micawber), no
conozco a nadie a quien poder dirigirme con mayor confianza que a mi
amigo y antiguo huésped.
Quizá sepa usted, mi querido míster Copperfield, que había existido
siempre una completa confianza entre míster Micawber y yo (a quien no
abandonaré jamás). No digo que mister Micawber no haya firmado a veces
una letra sin consultarme ni me haya engañado sobre la fecha de su
cumplimiento. Es posible; pero, en general, míster Micawber no ha tenido
nada oculto para el jirón de su afecto (hablo de su mu jer), y siempre a la
hora de nuestro reposo ha recapitulado ante ella los sucesos de la jornada.
Puede usted figurarse, mi querido míster Copperfield, toda la amargura
de mi corazón cuando le diga que mister Micawber ha cambiado por
completo. Se hace el reservado, el discreto. Su vida es un misterio para la
compañera de sus alegrías y de sus penas (es también a su mujer a quien
me refiero), y puedo asegurarle que estoy tan poco al corriente de lo que
hace durante el día en su oficina como de la existencia de ese hombre
milagroso del que se cuenta a los niños que vivía de chupar las paredes. Es
más, de ese se sabe que es una fábula popular, mientras que lo que yo
cuento de míster Micawber es demasiado verdad, desgraciadamente.
Y no es eso todo: míster Micawber está triste, severo; vive alejado de
nuestro hijo mayor, de nuestra hija; ya no habla con orgullo de los
mellizos, y hasta lanza una mirada glacial sobre el inocente extraño que ha
venido últimamente a aumentar el círculo de fami lia. Sólo obtengo de él, a
costa de las mayores dificul tades, los recursos pecuniarios indispensables
para mis gastos, muy reducidos, se lo aseguro; sin cesar me amenaza con
hacerse despedir (es su expresión) y rechaza con barbarie el darme la
menor explicación de una conducta que me desespera.
Es muy duro de soportar; mi corazón se rompe. Si usted quisiera darme
su opinión añadiría un agradecimiento más a todos los que ya le debo.
Usted conoce mis débiles recursos; dígame cómo puedo emplearlos en una
situación tan equívoca. Mis niños me encargan mil ternuras; el pequeño
extraño, que tiene la felicidad, ¡ay!, de ignorarlo todavía todo, le sonríe, y
yo, mi querido míster Copperfield, soy
Su afligida amiga,
EMMA MICAWBER.»
Yo no me creía con derecho para dar a una mujer tan llena de experiencia como
mistress Micawber otro consejo que el de tratar de reconquistar la confianza de mister
Micawber a fuerza de paciencia y de bondad (estoy seguro que no dejaría de hacerlo); sin
embargo, aquella carta me dio que pensar.
CAPÍTULO III