-Hemos tenido muchas dudas mi hermana y yo, míster Traddles, sobre lo que
convendría hacer respecto al afecto, o al menos al afecto supuesto, de dos niños como su
amigo Copperfield y nuestra sobrina.
-La hija de nuestro hermano Francis - hizo observar miss Clarissa-. Si la mujer de
nuestro hermano Francis hubiera juzgado conveniente (aunque tenía derecho para obrar
como quisiera) el invitar a la familia a comer a su casa, hoy conoceríamos mejor a la hija
de nuestro hermano Francis. Hermana Lavinia, continúa.
Miss Lavinia dio la vuelta a mi carta para mirar la dirección, y después recorrió con sus
lentes algunas notas bien alineadas que había escrito allí.
-Nos parece prudente, míster Traddles --dijo-, el juzgar por nosotras mismas la
profundidad de estos sentimientos. De momento no sabemos ni podemos saber cómo son
realmente, y todo lo que creemos poder hacer es autorizar a míster Copperfield para que
venga a vernos.
-¡Nunca podré olvidar su bondad! -exclamé entusiasmado, con el corazón libre de un
gran peso.
-Pero por ahora -repuso miss Lavinia- deseamos que estas visitas sean para nosotras,
míster Traddles. No queremos sancionar ningún compromiso serio entre míster Copperfield y nuestra sobrina antes de haber tenido la ocasión...
-Antes de que tú hayas tenido la ocasión, hermana Lavi nia -dijo miss Clarissa.
-Está bien --dijo miss Lavinia con un suspiro--; antes de haber tenido yo ocasión de
juzgar.
-Copperfield -dijo Traddles volviéndose hacia mí-, te darás cuenta de que no podría
decirse nada más razonable y más sensato.
-No, de verdad --exclamé-, y lo agradezco muchísimo.
-En el estado actual de las cosas -dijo miss Lavinia, que recurrió de nuevo a sus notas-,
y una vez decidido en el plan que autorizamos las visitas de míster Copperfield, le
pedimos que nos dé su palabra de honor de que no tendrá con nuestra sobrina ninguna
comunicación de ninguna especie sin prevenirnos antes, y que no formará ningún
proyecto respecto a nuestra sobrina sin comentárnoslo de antemano...
-Sin comentártelo, hermana Lavinia- interrumpió miss Clarissa.
-Está bien, Clarissa -respondió miss Lavinia en tono resignado-, a mí personalmente... y
sin haber obtenido nuestra aprobación. Hacemos de ello una condición expresa y absoluta, que no debe ser atropellada bajo ningún pretexto. Hemos rogado a míster
Copperfield que viniera hoy acompañado de una persona de confianza -se volvió hacia
Traddles, al que saludó- con objeto de que no pueda haber dudas ni equívocos sobre este
punto. Míster Copperfield, si usted o míster Traddles tiene el menor escrúpulo para hacer
esa promesa, le ruego que se tome el tiempo que quiera para reflexionar.
En mi entusiasmo, exclamé que no tenía necesidad de reflexionar ni un solo instante.
Juré solemnemente y, en el tono más apasionado, apelé al testimonio de Traddles y declaré de antemano que sería el más perverso de los hombres si faltaba en la menor cosa a
aquella promesa.
-Espere -dijo miss Lavinia levantando la mano-; antes de tener el gusto de recibirlos
habíamos resuelto dejarlos solos un cuarto de hora para que reflexionaran sobre este
punto. Permítannos que nos retiremos.
En vano repetí que no necesitaba reflexionar; ellas insistieron en retirarse durante un
cuarto de hora. Los dos pajaritos se fueron saltando con dignidad y nos quedamos solos:
yo, transportado a las regiones más deliciosas, y Traddles sin dejar de felicitarme. Al
cabo de un cuarto de hora, ni más ni menos, reaparecieron, siempre con la misma