-Y bien -me dijo mirando su saco-, puesto que le he visto esta noche, míster Davy, y
eso me ha consolado, partiré mañana temprano. Ya ha visto usted lo que tengo aquí -y
ponía la mano encima del paquetito-; lo que me preocupa es que pueda ocurrirme una
desgracia antes de haber devuelto este dinero. Si me muriera y este dinero se perdiera o
me lo robaran y él pudiera creer que lo he guardado, creo que el otro mundo no podría
retenerme; sí; verdaderamente creo que volvería.
Se levantó, y yo me levanté también, y nos estrechamos de nuevo la mano.
-Andaría diez mil millas, andaría hasta el día en que cayera muerto de cansancio, por
poderle tirar este dinero a la cara. Sólo cuando pueda hacerlo y recobre a mi Emily estaré
contento. Si no la encuentro, quizá un día sabrá que su tío, que la quería tanto, no ha
cesado de buscarla más que cuando ha dejado de vivir; y si la conozco bien, no hará falta
más para atraerla al antiguo hogar.
Cuando salimos a la frialdad de la noche vi huir delante de nosotros a la figura
misteriosa. Retuve un momento a míster Peggotty para darla tiempo a que desapareciera.
Me dijo que iba a pasar la noche en una posada en el ca mino de Dover, donde
encontraría buena habitación. Yo le acompañé hasta el puente de Westminster. Después
nos separamos. Me pareció que todo en la naturaleza guardaba un silencio religioso por
respeto hacia el piadoso peregrino que volvía a emprender lentamente su marcha solitaria
a través de la nieve.
Volví al patio de la posada buscando con los ojos a aquella cuyo rostro me había
impresionado tan profundamente; pero no estaba. La nieve había borrado la huella de
nuestros pasos, y sólo se veían los que yo acababa de imprimir, y era tan fuerte la nevada,
que también empezaban a desaparecer. Solamente daba tiempo a volver la cabeza para
mirarlos por encima de mi hombro.
TERCERA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
LAS TÍAS DE DORA
Por fin recibí contestación de las dos ancianas. Saludaban a míster Copperfield y le
informaban de haber leído con la mayor atención su carta, «teniendo en cuenta el interés
de ambas partes». Aquella frase me alarmó bastante, no sólo porque sabía que la habían
empleado en la ocasión del dis gusto de familia antes mencionado, sino porque siempre he
observado que las frases convencionales son una especie de fuegos de artificio, de los que
al empezar no se puede prever la variedad de formas ni de colores que los hacen cambiar
en absoluto de su forma primitiva. Mistres Spenlow añadían que era difícil dar por escrito
una opinión sobre el asunto de que trataba míster Copperfield; pero que si míster Copperfield les hacía el honor de visitarlas en un día que señalaban de antemano, acompañado,
si le parecía bien, de un amigo de confianza, tendrían mucho gusto en discutir con él el
asunto.
Ante semejante favor, míster Copperfield contestó inmediatamente a misses Spenlow
que las saludaba respetuosamente y que tendría el honor de visitarlas el día designado, en
compañía, como le indicaban, de su amigo míster Thomas Traddles, del Templo Inner.
Una vez enviada aquella carta, míster Copperfield cayó en un estado de agitación
nerviosa que duró hasta el día indicado.
Lo que aumentaba mucho mi inquietud era no poder, en una crisis tan importante,
recurrir a los inestimables servicios de miss Mills. Pero míster Mills, que se dedicaba a
llevarme la contraria (al menos a mí me lo parecía, lo que es lo mismo), míster Mills,