aquellas montañas. Cuanto más avanzaba más parecían alejarse ellas. Pero las alcancé y
las atravesé. Cuando llegué al lugar de que me habían hablado empecé a preguntarme: ¿Y
qué vas a hacer cuando la veas?
El rostro que nos escuchaba, insensible al rigor de la no che, se bajaba, y vi a aquella
mujer de rodillas delante de la puerta, con las manos juntas como para rezar,
suplicándome que no la despidiera.
-Nunca he dudado de ella -dijo míster Peggotty-, nunca, ni un minuto. Sólo con que
hubiera podido hacerle ver mi rostro, hacerle oír mi voz, recordarle la casa de que había
huido, su infancia, sabía que, aunque hubiera llegado a princesa de sangre real, caería a
mis pies. Lo sabía. ¡Cuántas veces en mi sueño la he oído gritar: « Tío, tío mío querido!»
y la he visto caer como muerta ante mí. ¡Cuántas veces en mi sueño la he levantado
diciéndole muy bajito: «Emily, querida mía; vengo a perdonarte y a llevarte conmigo! ».
Se detuvo, movió la cabeza, y después añadió con un suspiro:
-Él, él no es nada para mí. Emily lo era todo. Compré un traje de campesina para ella;
sabía que una vez que la hubiera recobrado vendría conmigo por las carreteras rocosas;
que iría donde yo quisiera, y que no me abandonaría jamás, no, jamás. Todo lo que quería
era hacerle poner aquel traje y pisotear los que llevara, cogerla, como antes, en mis
brazos y volver a nuestra casa, deteniéndonos a veces en el camino para que descansaran
sus pies enfermos y su corazón, más enfermo todavía. Respecto a él, creo que ni siquiera
le hubiera mirado. ¿Para qué? Pero todo esto no debía ser, mister Davy, no, todavía no.
Llegué demasiado tarde: habían partido. Ni siquiera pude saber dónde iban. Unos decían
que por aquí, otros que por allá, y he viajado por aquí y por allá; pero no la he
encontrado. Entonces he vuelto.
-¿Hace mucho tiempo? -pregunté.
-Pocos días solamente. Vi a lo lejos mi viejo barco y la luz que brillaba en la ventana,
acercándome vi a la vieja mistress Gudmige sentada Bola al lado del fuego. Le grité: «
No tengas miedo; es Daniel», y entré. Nunca hubiera creído que pudiera sorprenderme
tanto verme en mi viejo barco.
Sacó cuidadosamente de un bolsillo de su chaleco un paquete de papeles que contenía
dos o tres camas y las puso encima de la mesa.
-Esta primera carta ha llegado -dijo separándola de las otras- a los ocho días escasos de
mi partida. Había dentro, a mi nombre, un billete de banco de cincuenta libras. Lo ha bían
echado una noche por debajo de la puerta. Había tratado de desfigurar la letra, pero
conmigo no le valía.
Volvió a plegar con cuidado el billete y lo dejó encima de la mesa.
-Esta otra carta, dirigida a mistress Gudmige, ha llegado hace dos o tres meses.
Después de haberla contemplado un momento me la entregó, añadiendo en voz baja:
«Tenga la bondad de leerla».
Leí lo siguiente:
« ¡Oh, qué pensará usted cuando vea esta carta y sepa que es mi mano
culpable la que traza estas líneas! Pero trate, trate, no por amor mío, sino
por amor a mi tío, trate de dulcificar un momento su corazón hacia mí.
Trate, se lo ruego, de tener piedad de una desgraciada, y escríbame en un
pedacito de papel si está bien y lo que ha dicho de mí antes de que haya
sido prohibido pronunciar mi nombre entre ustedes. Dígame si por la
noche, a la hora en que yo volvía siempre, piensa todavía en la que amaba
tanto. ¡Oh, mi corazón se rompe cuando pienso en todo esto! Caigo de
rodillas y le suplico que no sea conmigo todo lo severa que merezco...; sé
que lo merezco; pero sea usted buena y transigente; escribame una palabra