inmediatamente a mi madre, demasiado dichoso de poder darle esa prueba de confianza.
Usted espero que dispensará las precauciones inspiradas por el afecto. ¡Qué lástima,
míster Copperfield, que no se dignara usted devolverme confidencia por confidencia! Sin
embargo, le he proporcionado muchas ocasiones. Pero usted nunca ha tenido por mí toda
la benevolencia que yo hubiera deseado. ¡Oh no! Seguramente no me ha querido nunca
como yo le quiero.
Mientras decía esto me estrechaba la mano entre sus dedos húmedos y viscosos. En
vano me esforzaba en soltarme; pasó mi brazo por debajo de la manga de su gabán, color
chocolate, y me vi obligado a acompañarle.
-¿Volvemos a casa? -dijo Uriah tomando el camino de la ciudad.
La luna empezaba a iluminar las ventanas con sus rayos plateados.
-Antes de dejar de hablar de esto - le dije, después de un largo silencio- tiene usted que
saber que a mis ojos Agnes Wickfield está tan por encima de usted y tan lejos de todas
sus pretensiones como la luna que nos ilumina.
-Es tan tranquila, ¿no es verdad? -dijo Uriah-. Pero confiese usted que nunca me ha
querido como yo a usted. Me encontraba usted demasiado humilde, estoy seguro.
-No me gusta que se haga tanta profesión de humildad ni de otra cosa -respondí.
-¡Ah! -dijo Uriah con el rostro más pálido y terroso todavía que de costumbre-; estaba
seguro. Pero usted no sabe, míster Copperfield, hasta qué punto conviene la humildad a
una persona en mi situación. Mi padre y yo fuimos educados en una escuela de caridad;
mi madre también ha sido educada en un establecimiento de la misma naturaleza De la
noche a la mañana nos enseñaban a ser humildes, y nada más. Debíamos ser humildes
con estos, humildes con aquellos. Ahora teníamos que quitamos la gorra; allí teníamos
que hacer una reverencia y no olvidar nunca nuestra situación, siempre rebajarnos delante
de nuestros superiores ¡Dios sabe cuántos superiores teníamos! Si mi padre ha ganado la
medalla de instructor ha sido a fuerza de humildad, y yo lo mismo. Si mi padre ha llegado
a sacristán ha sido a fuerza de humildad. Tenía fama entre la gente bien educada de saber
estar en su sitio, y por eso todos estaban dispuestos a empujarle. «Sé humilde, Uriah, me
decía mi padre, y te abrirás camino. Nos han rebajado a ti como a mí en la escuela, y es lo
que mejor resultado da. Sé humilde decía, y llegarás.» Y realmente parece que tenía
razón.
Por primera vez sabía que aquella odiosa comedia de humildad era hereditaria en la
familia Heep; había visto la cosecha, pero no se me había ocurrido pensar en la siembra.
-No era más alto que esto -decía Uriah- cuando aprendí a apreciar la humildad y a
aprovecharla. Comía mis humildes patatas con buen apetito. No he querido llevar
demasiado lejos mis humildes estudios, y me he dicho: «Sé terco». Usted me ofreció
enseñarme latín; pero no soy tan tonto. Mi padre me decía siempre: «A las gentes les
gusta dominar; baja la cabeza y déjales hacer». En este momento, por ejemplo, yo soy
muy humilde, míster Copperfield; pero eso no impide que haya conseguido ya algún
poder.
Todo lo que me decía (lo leía en su rostro a la claridad de la luna) era sencillamente
para hacerme comprender que estaba decidido a servirse del poder aquel. Yo no había
dudado nunca de su bajeza, su astucia y su malicia; pero únicamente entonces empecé a
comprender todo lo que la larga violencia de su juventud había amontonado en venganza
sin piedad en aquel alma vil y baja.
Lo que hubo de más satisfactorio en aquel relato repugnante que me acababa de hacer
es que me soltó el brazo para poder volver a agarrarse la barbilla con las dos manos. Una
vez separado de él estaba decidido a seguir en aquella posición. Andábamos a cierta
distancia uno del otro, cambiando únicamente algunas palabras.