Habíamos sellado ya muchos paquetes, y continuábamos, en medio del silencio y del
polvo, cuando míster Jorkins me dijo, sirviéndose exactamente de los términos en que su
asociado, míster Spenlow, nos había hablado de él:
-Míster Spenlow no era hombre que se dejara fácilmente desviar de las tradiciones y de
los caminos ya hechos. Usted lo conocía. ¡Pues bien! Yo creo que no ha hecho
testamento.
-¡Oh, estoy seguro de lo contrario! --dije.
Los dos se detuvieron para mirarme.
-El día que le vi por última vez -repuse- me dijo que había hecho un testamento y que
tenía ordenados sus asuntos desde hace mucho tiempo.
Míster Jorkins y el viejo Tiffey movieron la cabeza de común acuerdo.
-Eso no promete nada bueno -dijo Tiffey.
-Nada bueno -dijo míster Jorkins.
-Sin embargo, no dudarán ustedes --dije.
-Mi querido míster Copperfield -me dijo Tiffey, y puso la mano encima de mi brazo,
mientras cerraba los ojos y movía la cabeza-, si llevara usted tanto tiempo como yo en
este estudio sabría usted que no hay asunto sobre el cual los hombres sean menos
previsores y en el que se les debe creer menos por sus palabras.
-Pero si en realidad esas son sus propias expresiones -repliqué, insistiendo.
-Entonces es decisivo -repuso Tiffey-. Mi opinión entonces es... que no hay testamento.
Esto me pareció al principio la cosa más extraña del mundo; pero el caso es que no
había testamento. Los papeles no proporcionaban el menor indicio de que hubiera podido
haber nunca ninguno; no se encontró el menor proyecto ni el menor memorándum que
anunciara que hubiese tenido nunca la intención de hacerlo. Lo que casi me sorprendió
tanto es que sus negocios estaban en el mayor desorden. No se podía uno dar cuenta ni de
lo que debía, ni de lo que había pagado, ni de lo que poseía. Es muy probable que desde
hacía años él mismo no tuviera ni la menor idea. Poco a poco se descubrió que, empujado
por el deseo de brillar entre los procuradores del Tribunal de Doctores, había gastado más
de lo que ganaba en el estudio, que no era demasiado, y que había hecho una brecha
importante en sus recursos personales, que probablemente tampoco habían sido nunca
muy considerables. El mobiliario de Norwood se puso a la venta, se alquiló la casa, y
Tiffey me dijo, sin saber todo el interés que yo tomaba en ello, que una vez pagadas las
deudas y deducida la parte de sus asociados en el estudio él no daría por todo el resto ni
mil libras. Todo esto lo supe después de seis semanas. Había estado sufriendo todo aquel
tiempo, y estaba a punto de poner fin a mi vida cada vez que miss Mills me decía que mi
pobre Dorita no contestaba cuando le ha blaban de mí más que gritando: «¡Oh mi pobre
papá, mi querido papá! ». Me dijo también que Dora no tenía más parientes que dos tías,
hermanas de míster Spenlow, solteras, y que vivían en Putney. Desde hacía muchos años
tenían muy rara comunicación con su hermano. Sin embargo, no se habían peleado
nunca; pero míster Spenlow no las invitó más que a tomar el té el día del bautizo de Dora,
en lugar de invitarlas a comer, como ellas tenían la pretensión, y le habían contestado por
escrito que, por el interés de ambas partes, creían más prudente no moverse de su casa.
Desde aquel día su hermano y ellas habían vivido cada uno por su lado.
Aquellas dos damas salieron, sin embargo, de su retiro para ir a proponer a Dora que se
fuera a vivir con ellas en Put ney. Dora se arrojó a sus cuellos llorando y sonriendo: «¡Oh,
sí, tías; os lo ruego; llevadme a Putney con Julia Mills y Jip!». Y se volvieron todas
juntas poco después del entierro.
Yo no sé cómo encontré tiempo para ir a rondar alrededor de Putney; pero el caso es
que, de una manera o de otra, me escapaba muy a menudo por sus alrededores. Miss