Aquello no podía ser; era evidente que había aspirado a demasiado; había que
conformarse con menos. Corrí a ver a Traddles para que me aconsejara, y me propuso
dictarme discursos despacio, deteniéndose de vez en cuando para facilitarme la cosa.
Acepté su ofrecimiento con la mayor gratitud, y todas las noches, durante mucho tiempo,
tuvimos en Buckingham Street una especie de Parlamento privado cuando volvía de casa
del doctor.
Me gustaría ver en algún sitio un Parlamento semejante. Mi tía y míster Dick
representaban el Gobierno o la oposición (según las circunstancias), y Traddles, con
ayuda del Orador de Enfielfi o de un tomo de Los debates parlamentarios, los aplastaba
con las más tremendas invectivas. De pie al lado de la mesa, con una mano encima del
libro, para no perder la página, el brazo derecho levantado por encima de su cabeza,
Traddles representaba alternativamente a míster Pitt, a mister Fox, a mister Sheridan, a
mister Burke, a lord Castlereadh, al vizconde Sidmouth, o a míster Canning, y
entregándose a la cólera más violenta acusaba a mi tía y a mister Dick de inmoralidad y
de corrupción. Yo, sentado cerca, con mi cuaderno de notas en la mano, hacía volar mi
pluma, queriendo seguirle en su declamación. La inconstancia y la ligereza de Traddles
no podrían ser sobrepasadas por ningún político del mundo. En ocho días había abrazado
todas las ideas y había enarbolado veinte banderas. Mi tía, inmóvil como un canciller del
Exchequer, lanzaba a veces una interrupción: «Muy bien» o «No» a «¡Oh!» cuando el
texto parecía exigirlo, y míster Dick (verdadero ejemplo del gentilhombre campesino) le
servía inmediatamente de eco. Pero míster Dick fue acusado durante su carrera
parlamentaria de cosas tan odiosas y le predijeron para el porvenir consecuencias tan
terribles, que terminó por asustarse. Yo creo que hasta acabó por persuadirse de que
efectivamente había he cho algo que debía acarrear la ruina de la Constitución de la Gran
Bretaña y la decadencia inevitable del país.
Muy a menudo continuábamos nuestros debates hasta que el reloj daba las doce y las
velas se habían quemado hasta el final. El resultado de tanto trabajo fue que terminé por
seguir bastante bien a Traddles. No faltaba más que una cosa a mi triunfo, y era saber leer
después lo que ponía en mis notas; pero no tenía ni la menor idea. Una vez escritas, lejos
de poder restablecer el sentido, era como si hubiera copiado inscripciones chinas de las
cajas de té o las letras de oro que se pueden leer en los enormes frascos rojos de las
farmacias.
No tenía otra cosa que hacer que volver a ponerme va lientemente a la tarea. Era duro,
pero empecé, a pesar de mi fastidio, a recorrer de nuevo laboriosa y metódicamente el
camino que ya había andado, marchando a pasos de tortuga, deteniéndome para examinar
minuciosamente el menor signo, y haciendo esfuerzos desesperados para descifrar
aquellos caracteres pérfidos en cualquier parte que los encontrase. Era muy exacto en mi
oficina, muy exacto con el doctor; en fin, trabajaba como un verdadero caballo de alquiler.
Un día que me dirigía al Tribunal de Doctores, como de costumbre, me encontré en el
umbral de la puerta a míster Spenlow muy serio y hablando solo. Como se quejaba a menudo de dolores de cabeza y tenía el cuello muy corto y los cuellos de las camisas muy
tiesos, en el primer momento creí que le habría atacado un poco al cerebro; pero pronto
me tranquilicé sobre aquel punto.
En lugar de contestarme a mi «Buenos días, caballero» con su amabilidad
acostumb rada, me miró de un modo altanero y ceremonioso y me indicó fríamente que le
siguiera a cierto café que en aquel tiempo daba al Tribunal por el pequeño arco al lado
del cementerio de Saint Paul. Yo le obe decí muy turbado; me sentía cubierto de un sudor
frío, como si todos mis temores fueran a parar a la piel. Andaba delante de mí, pues el