mitad más cuando nos alumbraba para bajar la escalera. Nos separamos muy
cordialmente y, después de acompañar a Traddles hasta su puerta y mientras volvía solo a
casa, entre otros pensamientos extraños y contradictorios que me vinieron a la
imaginación, pensé que probablemente era a causa del recuerdo de compasión por mi
infancia abandonada por lo que míster Micawber, con todas sus excentricidades, no me
había pedido nunca dinero. Seguramente no hubiera tenido valor para negárselo, y no me
cabe duda, dicho sea en honor suyo, que él lo sabía tan bien como yo.
CAPÍTULO XVII
UN POCO DE AGUA FRÍA
Mi nueva vida duraba ya más de una semana y estaba más fuerte que nunca en aquellas
terribles resoluciones prácticas que consideraba como exigidas imperiosamente por las
circunstancias. Continuaba andando muy deprisa, con una vaga idea de que seguía mi
camino. Me aplicaba a gastar mis fuer zas todo lo que podía en el ardor con que cumplía
todo lo emprendido. Era, en una palabra, una verdadera víctima de mí mismo. Llegué
incluso a preguntarme si no debería ha cerme vegetariano, con la vaga idea de que
volviéndome un animal herbívoro sería un sacrificio más que ofrecer en el altar de Dora.
Hasta entonces mi pequeña Dora ignoraba por completo mis esfuerzos desesperados y
no sabía lo que mis cartas hubieran podido confusamente dejarla percibir. Pero llegó el
sábado. Era el día que debía visitar a miss Mills, y yo también debía ir allí a tomar el té
cuando míster Mills se hubiera marchado a su Círculo para jugar al whist, suceso de que
me advertía la aparición de una jaula de pájaro en la ventana de en medio del salón.
Entonces estábamos establecidos del todo en Buckinghan Street. Míster Dick
continuaba sus copias con una alegría sin igual. Mi tía había conseguido una victoria
señalada sobre mistress Crupp tirando por la ventana la primera cazuela que encontró
emboscada en la escalera y protegiendo su persona a la llegada y a la salida con una
asistenta que había tomado para la limpieza. Estas medidas de rigor habían causado tal
impresión en mistress Crupp, que se había retirado a su cocina, convencida de que mi tía
estaba rabiosa. A mi tía, a quien la opinión de mistress Crupp, como la del mundo entero,
tenía completamente sin cuidado, le divertía confir mar aquella idea, y mistress Crupp,
antes tan valiente, pront perdió todo su valor; tanto, que para evitar encontrarse con mí tía
en la escalera trataba de eclipsar su voluminosa persona detrás de las puertas o
esconderse en los rincones oscu ros, dejando, sin embargo, aparecer, sin darse cuenta,
uno dos volantes de la falda de franela. Miss Betsey encontrab tal satisfacción en
asustarla, que yo creo que se divertía su biendo y bajando expresamente la escalera con el
sombrer plantado con descaro en lo alto de la cabeza, siempre que tenía esperanzas de
encontrar a mistress Crupp en su camino.
Mi tía, con sus costumbre de orden y su espíritu inven tivo, introdujo tantas mejoras en
nuestros arreglos interiores que se hubier a dicho que habíamos heredado en lugar d
arruinamos. Entre otras cosas convirtió la despensa en u tocador para mi uso, y me
compró una cama de madera que se convertía en biblioteca durante el día. Era el objeto
de s solicitud, y mi pobre madre misma no me hubiera podid querer más ni preocuparse
más por hacerme dichoso.
Peggotty había considerado como un gran favor el privilegio de participar en todos
aquellos trabajos, y aunque conservaba hacia mi tía algo de su antiguo terror, había
recibid de ella últimamente tantas pruebas de confianza y estima ción, que eran las
mejores amigas del mundo. Pero había lle gado el momento (hablo del sábado, en que yo