DÍA 55
“ La mejor manera de ser feliz es aprender a ser feliz solo, así la compañía es una cuestión de elección y no de necesidad.”
– Mario Benedetti
Para mí Benedetti entendía la soledad sin dramatizarla. No la pintaba como castigo, sino como un cuarto propio: una mesa sencilla, una silla, un vaso de agua. Aprender a estar ahí sin ruido es más que una habilidad; es un tipo de libertad. Si puedes sostener tu día sin que alguien te complete, entonces eliges compartirlo, no suplicarlo.
A muchos nos educaron para no mirarnos por dentro. Corremos de la casa al trabajo, del trabajo a cualquier distracción, y cuando cae la noche buscamos a alguien que tape el hueco. Eso no es amor; es miedo. Cuando te haces dependiente, el otro se vuelve oxígeno y tú olvidas respirar por ti. Y si un día se va, te quedas sin aire.
Estar bien a solas no significa aislarte ni ponerte una coraza. Significa disfrutar tu propia compañía sin tener que inventarte pretextos. Comer en paz sin pantalla. Terminar lo que empiezas. Reírte solo de un recuerdo. Cuidar tus cosas como quien cuida una casa que respeta. Desde ahí, la pareja deja de ser salvavidas y pasa a ser celebración.
También hay una dignidad en esto: no entregarte por miedo, no quedarte por vacío, no prometer lo que no puedes sostener. Cuando te eliges, eliges mejor. Ya no aceptas migajas, ya no vigilas, ya no haces teatro. Quien llega, llega a un lugar habitado, no a un desierto que pide agua a gritos.
Aprender a estar solo no es renunciar al amor; es prepararle un sitio. Te hace más claro, más amable, menos exigente. Porque sabes que, con o sin compañía, tu vida tiene sentido, y, entonces compartir no pesa, se vuelve un regalo.