canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 64
literatura fantástica
Juego de tronos
—De todos modos a ésta no la tienes delante —dijo con voz calmada.
—No, malditos sean los dioses, un mercader pentoshi de quesos la puso a salvo junto con su
hermano en sus tierras y los rodeó de eunucos de gorros puntiagudos, y ahora los ha entregado a los
dothrakis. Debí matarlos a los dos hace años, habría sido sencillo, pero Jon era igual que tú. Idiota de
mí que le hice caso.
—Jon Arryn era un hombre sabio y una buena Mano.
Robert soltó un bufido. La rabia se estaba esfumando tan deprisa como había aparecido.
—Se dice que ese Khal Drogo tiene una horda de cien mil hombres. ¿Qué crees que opinaría
Jon de eso?
—Opinaría que ni un millón de dothrakis representan una amenaza para el reino mientras
estén al otro lado del mar Angosto —replicó Ned con tranquilidad—. Los bárbaros no tienen barcos. Y
no les gusta el mar abierto, les inspira terror.
—Es cierto. —El rey se acomodó en la silla, inquieto—. Pero en las Ciudades Libres se
pueden conseguir barcos. Ese matrimonio no me gusta, Ned. En los Siete Reinos todavía hay quienes
me llaman Usurpador. ¿Ya has olvidado cuántas casas combatieron junto a los Targaryen en la guerra?
Por ahora se limitan a esperar su oportunidad, pero si tuvieran la menor ocasión me asesinarían
mientras duermo, y también a mis hijos. Si el rey mendigo cruza el mar con una horda dothraki, esos
traidores se unirán a él.
—No lo cruzará —prometió Ned—. Y si por casualidad se atreve, lo tiraremos de nuevo al
mar. Una vez elijas al nuevo Guardián del Oriente...
—Por última vez —refunfuñó el rey—, no voy a nombrar guardián al hijo de Arryn. Ya sé que
es tu sobrino, pero mientras haya una Targaryen apareándose con dothrakis tendría que estar loco para
poner una cuarta parte del reino en manos de un crío enfermizo.
—El caso es que necesitamos un Guardián del Oriente. —Ned ya había previsto aquello—. Si
no quieres a Robert Arryn, nombra a uno de tus hermanos. Stannis demostró sobradamente su valía
durante el asedio de Bastión de Tormentas. —Dejó que la proposición permaneciera en el aire un
instante. El rey frunció el ceño y no dijo nada. Parecía incómodo—. Es decir —terminó Ned con
calma mientras lo miraba fijamente—, si no has prometido ese honor a nadie más.
Robert tuvo la honradez de sobresaltarse. Pero al instante se fingió contrariado.
—¿Y si lo he hecho, qué pasa?
—Se trata de Jaime Lannister, ¿verdad?
Robert espoleó a su caballo e inició el descenso por el risco hacia los Túmulos. Ned se
mantuvo a su altura. El rey cabalgaba con la vista fija al frente.
—Sí—dijo al final. Una palabra, seca, para zanjar el asunto.
—El Matarreyes —dijo Ned. De modo que los rumores eran ciertos. Estaba pisando terreno
peligroso, y lo sabía—. Es un hombre muy capaz y valiente —siguió, cauteloso—, pero su padre es el
Guardián de Occidente, Robert. Con el tiempo, Ser Jaime heredará ese honor. Nadie debería tener el
control sobre Oriente y Occidente a la vez.
No mencionó lo más preocupante: que esa designación pondría la mitad de los ejércitos del
reino en manos de los Lannister.
—Libraré esa batalla cuando se presente el enemigo —replicó el rey con tozudez—. Por el
momento Lord Tywin sigue en Roca Casterly y parece decidido a vivir mil años, así que dudo mucho
que Jaime herede nada a corto plazo. No me fastidies con esto, Ned, he tomado una decisión.
—¿Puedo hablar con sinceridad, Alteza?
—Por lo visto no hay manera de impedirlo —gruñó Robert mientras seguían cabalgando por
la hierba alta.
—¿Crees que puedes confiar en Jaime Lannister?
—Es el hermano gemelo de mi esposa, y Hermano Juramentado de la Guardia Real. Su vida,
su fortuna y su honor están ligados a los míos.
—Igual que estaban ligados a los de Aerys Targaryen —señaló Ned.
—¿Por qué voy a desconfiar de él? Siempre ha hecho todo lo que le he pedido. Su espada
contribuyó a conseguir el trono que ocupo.
«Su espada contribuyó a ensuciar el trono que ocupas», pensó Ned, pero no permitió que las
palabras llegaran a sus labios.
—Juró proteger la vida de un rey con la suya propia. Y le cortó la garganta a ese mismo rey.
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