canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 62

literatura fantástica Juego de tronos EDDARD La orden le llegó una hora antes del amanecer, cuando el mundo estaba tranquilo y gris. Alyn lo sacudió para arrancarlo bruscamente de sus sueños, y Ned, somnoliento, salió con torpeza al gélido exterior donde el sol todavía no había salido. Se encontró con su montura ya ensillada, y al rey a lomos de la suya. Robert llevaba guantes marrones y una gruesa capa de piel con capucha que le cubría las orejas, parecía un oso a caballo. —¡Venga, Stark! —rugió—. ¡Vamos, vamos! Tenemos que discutir asuntos de estado. —Desde luego —dijo Ned—. Pasa, Alteza. Alyn levantó la solapa de la tienda. — NO , no, ni hablar —dijo Robert. Su aliento formaba una nube de vapor con cada palabra—. El campamento tiene oídos. Además, quiero cabalgar un poco por tus tierras. Ned advirtió que Ser Boros y Ser Meryn aguardaban tras él con una docena de guardias. No había nada que hacer excepto frotarse los ojos hasta espantar el sueño, vestirse y montar. Robert marcaba el ritmo de la marcha, llevaba al límite a su enorme corcel negro, y Ned galopaba junto a él tratando de mantenerse a su altura. Le gritó una pregunta mientras cabalgaban, pero el viento se llevó sus palabras y el rey no la oyó. Después de aquello Ned cabalgó en silencio. No tardaron en abandonar el camino real para atravesar las llanuras onduladas, todavía cubiertas por la niebla. La guardia ya había quedado atrás, a distancia suficiente para no escuchar su conversación, pero Robert no aminoró la marcha. Amaneció mientras bordeaban la cima de un risco, y el rey se detuvo por fin. Estaban varios kilómetros al sur del grueso del grupo. Cuando Ned tiró de las riendas se encontró a Robert con el rostro sonrojado y alegre. —Dioses —dijo entre risas—, ¡qué bien sienta salir y cabalgar como cabalga un hombre de verdad! Te lo juro, Ned, esa marcha de tortuga que llevamos vuelve loco a cualquiera. — Robert Baratheon nunca se había caracterizado por su paciencia—. Maldita casa con ruedas, no para de crujir y de chirriar, parece que suba una montaña cada vez que se encuentra un bache. ¡Te prometo que, como se le vuelva a romper un eje, la quemo! ¡Y Cersei va a pie el resto del viaje! —Será un placer encenderte la antorcha —dijo Ned riéndose. —¡Eres un amigo! —El rey le palmeó el hombro—. Ganas me dan de dejarlos atrás a todos y seguir la marcha a nuestro ritmo. —Tengo la impresión de que lo dices en serio. —En los labios de Ned bailaba una sonrisa. —Desde luego, desde luego —respondió el rey—. ¿Qué opinas, Ned? Tú y yo solos, dos caballeros vagabundos por el camino real, con las espadas al costado y sólo los dioses saben qué por delante... Y tal vez la hija de un gr anjero, o la muchacha de cualquier taberna, para calentarnos las camas por la noche. —Ojalá fuera posible —dijo Ned—. Pero tenemos deberes, mi señor... para con el reino, para con nuestros hijos, yo para con mi señora esposa y tú para con tu reina. Ya no somos los muchachos que fuimos. —Tú nunca has sido el muchacho que fuiste —gruñó Robert—. Una lástima. Pero hubo un tiempo... ¿cómo se llamaba aquella chica tuya? ¿Becca? No, ésa era la mía, dioses, qué bonita era, con el pelo tan negro y los ojos tan grandes y tan dulces que uno se podía ahogar en ellos. La tuya se llamaba... ¿Aleena? No. Me lo dijiste una vez. ¿Era Merryl? Ya sabes cuál digo, la madre de tu bastardo. —Se llamaba Wylla —replicó Ned con cortesía helada—, y preferiría no hablar de ella. —Wylla, eso. —El rey sonrió—. Vaya mujer debía de ser para que Lord Eddard Stark dejara de lado su honor aunque fuera sólo durante una hora. Nunca me llegaste a contar cómo era... —Ni te lo voy a contar. —Ned apretó los labios, furioso—. Si de veras me aprecias tanto como dices, deja el tema, Robert. Me deshonré y deshonré a Catelyn, a los ojos de los dioses y de los hombres. —Por favor, si casi no conocías a Catelyn. —La había tomado por esposa. Llevaba a mi hijo en el vientre. —Eres muy duro contigo mismo, Ned. Siempre has sido igual. Maldición, ninguna mujer quiere meterse en la cama con Baelor el Santo. —Le dio una palmada en la rodilla—. En fin, no insistiré si te molesta tanto. Te juro que a veces te erizas de una manera... el emblema de tu Casa debería ser el puerco espín. 62