canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | страница 58

literatura fantástica Juego de tronos blandió el arma en un arco paralelo al suelo. El acero penetró en la carne justo por encima de la cintura del dothraki y seccionó el torso del vientre a la columna vertebral. Mientras el perdedor agonizaba, el vencedor agarró a la mujer que tenía más cerca, que ni siquiera era la que había provocado la disputa, y la tomó allí mismo. Los esclavos se llevaron el cadáver y se reanudó el baile. El magíster Illyrio también había hablado a Dany de aquella posibilidad. —Una boda dothraki en la que no haya como mínimo tres muertos se considera aburrida —le había dicho. Su boda debió de ser un verdadero acontecimiento; antes de que se pusiera el sol habían muerto doce hombres. A medida que pasaban las horas el terror se fue apoderando de Dany hasta que llegó un momento que tuvo que echar mano de todo su autodominio para no gritar. Tenía miedo de los dothrakis, con sus costumbres extrañas y monstruosas que los hacían parecer bestias con piel humana, en vez de hombres. Tenía miedo de su hermano, de lo que haría con ella si le fallaba. Y sobre todo tenía miedo de lo que sucedería aquella noche bajo las estrellas, cuando Viserys la entregara al gigante que bebía junto a ella, a aquel hombre enorme con un rostro tan impasible y cruel como una máscara de bronce. —Soy de la sangre del dragón —se repitió. Cuando el sol estuvo por fin muy bajo en el horizonte, Khal Drogo dio unas palmadas; los tambores, los festines y los gritos se interrumpieron al instante. Drogo se levantó e hizo ponerse en pie junto a él a Dany. Era el momento de que le entregaran sus regalos de boda. Y ella sabía que, después de los regalos, después de que se pusiera el sol, llegaría el momento de montar a caballo y consumar el matrimonio. Dany trató de quitarse aquel pensamiento de la cabeza, pero no pudo. Se agarró los brazos para no temblar. El regalo de su hermano Viserys fueron tres doncellas. Dany sabía que no le habían costado nada, sin duda Illyrio le había proporcionado las chicas. Irri y Jhiqui eran dothrakis de piel cobriza con el pelo negro y ojos almendrados, mientras que Doreah era una muchacha lysena de cabello rubio y ojos azules. —No son vulgares criadas, hermana mía —dijo su hermano mientras las llevaban ante ella de una en una—. Illyrio y yo las hemos elegido personalmente para ti. Irri te enseñará a montar a caballo, Jhiqui el idioma dothraki, y Doreah te instruirá en las artes femeninas del amor. —Sonrió con los labios apretados—. Es muy eficaz, te lo garantizamos. —Es una nadería, princesa —se disculpó Ser Jorah Mormont por su regalo—, pero un pobre exiliado no puede permitirse más —añadió mientras ponía ante ella un pequeño montón de libros antiguos. Eran historias y canciones de los Siete Reinos, escritos en la lengua común. Dany le dio las gracias de todo corazón. El magíster Illyrio dio una orden, y cuatro esclavos corpulentos se adelantaron portando un gran cofre de cedro con adornos de bronce. Al abrirlo descubrió los mejores terciopelos y damascos que se podían encontrar en las Ciudades Libres... y, sobre ellos, entre los suaves pliegues de los tejidos, había tres huevos grandes. Dany se quedó sin aliento. Eran los objetos más hermosos que había visto en la vida, cada uno diferente, de colores tan vivos que al principio pensó que tenían incrustaciones de piedras preciosas, y tan grandes que tuvo que utilizar ambas manos para coger uno. Lo alzó con delicadeza, pensando que era de esmalte o de frágil porcelana, o incluso de cristal soplado, pero pesaba como si fuera de piedra maciza. La superficie del huevo estaba cubierta de escamas diminutas y, cuando le dio vueltas entre los dedos, brillaron como metal pulido a la luz del sol poniente. Uno de los huevos era de color verde oscuro con motilas de bronce que aparecían y desaparecían al moverlo. Otro era de color crema con vetas doradas. El último era negro, negro como el mar de medianoche, pero con remolinos y ondulaciones escarlata que parecían darle vida. —¿Qué son? —preguntó, maravillada. —Huevos de dragón, de las Tierras Sombrías que están más allá de Asshai —dijo el magíster Illyrio—. Se han convertido en piedra con los eones, pero conservan el fuego y la belleza. —Los guardaré como un tesoro. 58