canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 408

literatura fantástica Juego de tronos Valyria. Soy la hija del dragón, y os juro que esos hombres morirán gritando. Ahora, llevadme ante Khal Drogo. Estaba tendido sobre la tierra roja, mirando hacia el cielo. Una docena de moscas de sangre se le habían posado encima, pero no daba señal de notarlas. Dany las espantó, y se arrodilló a su lado. Tenía los ojos bien abiertos, pero no la vio, y ella supo al instante que estaba ciego. Cuando susurró su nombre, no pareció oírla. La herida del pecho estaba curada, o tan curada como podía estar, la cicatriz que había quedado era gris rojiza y repugnante. —¿Por qué está aquí solo, al sol? —les preguntó. —Parece que el calor le agrada, princesa —dijo Ser Jorah—. Sigue el sol con los ojos, aunque no lo vea. Puede caminar, más o menos. Va a donde lo llevamos, pero nada más. Come si le ponemos la comida en la boca, bebe si le mojamos los labios con agua. Dany besó suavemente la frente de su sol y estrellas, y se volvió para enfrentarse a Mirri Maz Duur. —Tus hechizos son caros, maegi. —Está vivo —replicó Mirri Maz Duur—. Pediste vida. Pagaste vida. —Para alguien como Drogo, esto no es vida. Su vida era la risa, la carne asada sobre una hoguera, un caballo entre las piernas. Su vida era un arakh en la mano, las campanillas sonando en su cabello cuando cabalgaba para enfrentarse al enemigo. Su vida eran sus jinetes de sangre, y yo, y el hijo que le iba a dar. —Mirri Maz Duur no le contestó—. ¿Cuándo volverá a ser el que era? —exigió saber Dany. —Cuando el sol salga por el oeste y se ponga por el este —replicó Mirri Maz Duur—. Cuando los mares se sequen y las montañas se mezan como hojas al viento. Cuando tu vientre vuelva a agitarse y des a luz un niño vivo. Entonces volverá, no antes. Dany hizo un gesto en dirección a Ser Jorah y a los demás. —Dejadnos. Quiero hablar a solas con esta maegi. —Mormont y los dothrakis se retiraron—. Tú lo sabías —le espetó. Le dolía todo, por dentro y por fuera, pero la ira le daba fuerzas—. Sabías qué compraba, sabías el precio, y dejaste que lo pagara. —No debieron quemar mi templo —replicó plácidamente la mujer gruesa, con su nariz plana—. Eso enfureció al Gran Pastor. —Esto no ha sido obra de ningún dios —dijo Dany con frialdad. «Si vuelvo la vista atrás, estoy perdida»—. Me engañaste. Asesinaste a mi hijo mientras estaba en mi vientre. —El semental que monta el mundo ya no podrá quemar ciudades. Su khalasar no reducirá naciones a cenizas. —Hablé en tu favor. Te salvé. —¿De qué me salvaste? —La mujer Ihazareena escupió al suelo—. Tres jinetes ya me habían tomado, y no como un hombre toma a una mujer, sino por detrás, como el perro monta a la perra. El cuarto estaba dentro de mí cuando pasaste a caballo. ¿De qué me salvaste? Vi arder la casa de mi dios, donde había curado a incontables hombres buenos. Mi casa también ardió, y en las calles vi montones de cabezas. Vi la cabeza del panadero que horneaba mi pan. Vi la cabeza de un chiquillo al que había salvado de unas fiebres hacía menos de tres lunas. Oí los gritos de los niños mientras los jinetes los hacían avanzar a latigazos. Dime, ¿de qué me salvaste? —Tienes la vida. —Fíjate en tu khal —dijo Mirri Maz Duur y dejó escapar una carcajada cruel—, y mira de qué vale la vida cuando se ha perdido todo lo demás. 728 Dany llamó a los hombres de su khas, y les ordenó que se llevaran a Mirri Maz Duur, y la ataran de pies y manos. Pero, cuando se alejaban con ella, la maegi le sonrió como si compartieran un secreto. Una sola palabra de Dany habría bastado para que la decapitaran... aunque, ¿qué obtendría con eso? ¿Una cabeza? Si la vida no tenía valor, ¿acaso lo tenía la muerte? Llevaron a Khal Drogo a su tienda, y Dany ordenó que llenaran una bañera. En aquella ocasión no había sangre en el agua. Ella misma se encargó de bañarlo, le quitó la suciedad y el polvo de los brazos y el pecho, le limpió la cara con un paño suave, le enjabonó la larga cabellera negra, se la cepilló y deshizo los nudos hasta que volvió a tener el brillo que recordaba. Ya había anochecido cuando terminó, y se sentía agotada. Hizo una pausa para comer y beber, pero apenas si consiguió mordisquear un higo y pasar un trago de agua. Necesitaba dormir, pero ya había dormido suficiente... en realidad, había dormido demasiado. Aquella noche se la debía a Drogo, por todas las noches que él le había dado, y las que quizá le pudiera dar aún. 408