canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 356
literatura fantástica
Juego de tronos
por palomas, ¿a que no lo sabías? —El maestre sonrió y clavó en Jon sus ojos blancos—. La Guardia
de la Noche prefiere a los cuervos.
—Dywen dice que los salvajes nos llaman cuervos —dijo Jon, inseguro. Tenía la mano metida
en el cubo, la sangre le llegaba a la muñeca.
—El cuervo es el pariente pobre del grajo. Ambos son mendigos negros, odiados e
incomprendidos.
Jon no entendía de qué estaban hablando, ni por qué. ¿Qué le importaban a él los cuervos y las
palomas? Si el anciano quería decirle algo, ¿por qué no lo hacía de una vez?
—Jon, ¿te has preguntado alguna vez por qué los hombres de la Guardia de la Noche no
toman esposa, ni engendran hijos? —inquirió el maestre Aemon.
—No —contestó el muchacho encogiéndose de hombros. Echó más carne a los pájaros. Tenía
los dedos de la mano izquierda pegajosos de sangre, y la derecha le dolía por el peso del cubo.
—Para que no amen —respondió el anciano—. Porque el amor es veneno para el honor, es la
muerte para el deber.
A Jon no le parecía bien, pero no dijo nada. El maestre tenía cien años Y era un oficial
superior de la Guardia de la Noche; no le correspondía a el llevarle la contraria. Pero el anciano
pareció percibir sus dudas.
—Dime una cosa, Jon: si llegara un día en que tu padre tuviera que elegir entre su honor por
un lado, y sus seres amados por otro, ¿qué haría?
Jon titubeó. Le habría gustado decir que Lord Eddard jamás se deshonraría, ni siquiera por
amor, pero una vocecita dentro de él le susurraba: «Engendró un bastardo, ¿eso es honorable? Y tu
madre, ¿qué pasa con su deber para con ella? Ni siquiera menciona su nombre».
—Haría lo correcto —dijo... muy alto, corno para compensar la vacilación—. Pasara lo que
pasara.
—Entonces Lord Eddard es un hombre entre diez mil. La mayoría no somos tan fuertes. ¿Qué
es el honor, comparado con el amor de una mujer? ¿Qué es el deber, comparado con el calor de un hijo
recién nacido entre los brazos, o el recuerdo de la sonrisa de un hermano? Aire y palabras. Aire y
palabras. Sólo somos humanos, y los dioses nos hicieron para el amor. Es nuestra mayor gloria, y
nuestra peor tragedia.
»Los hombres que crearon la Guardia de la Noche sabían que su valor era lo único que se
interponía entre el reino y la oscuridad del norte. Sabían que no debían tener lealtades repartidas que
minaran su resolución. De manera que juraron no tener esposas ni hijos.
»Pero sí tenían hermanos y hermanas. Madres que los dieron a luz, padres que les pusieron sus
nombres. Procedían de un centenar de reinos enfrentados, y sabían que los tiempos cambian, pero los
hombres no. Así que juraron también que la Guardia de la Noche no tomaría parte en las disputas entre
los reinos que defendía.
»Mantuvieron su promesa. Cuando Aegon asesinó a Harren el Negro, el hermano de Harren
era Lord Comandante en el Muro, tenía a su disposición diez mil espadas. Pero no se puso en marcha.
En los tiempos en que los Siete Reinos eran siete reinos, no pasaba ni una generación sin que tres o
cuatro de ellos se declarasen la guerra. La Guardia nunca tomó parte. Cuando los ándalos cruzaron el
mar Angosto y barrieron los reinos de los primeros hombres, los hijos de los reyes caídos se
mantuvieron fieles a sus votos y permanecieron en sus puestos. Así ha sido siempre, desde mucho
antes de lo que puedas imaginar. Es el precio del honor.
»Si no tiene nada que temer, un cobarde no se distingue en nada de un valiente. Y todos
cumplimos con nuestro deber cuando no nos cuesta nada. En esos momentos, seguir el sendero del
honor nos parece muy sencillo. Pero en la vida de todo hombre, tarde o temprano, llega un día en que
no es sencillo, en que hay que elegir.
Algunos de los cuervos seguían comiendo y de los picos les colgaban trocitos de carne
ensangrentada. El resto parecían observarlo. Jon casi sentía el peso de tantos ojillos negros.
—Y mi día ha llegado... ¿es eso lo que me queréis decir?
El maestre Aemon giró la cabeza, y lo miró con sus ojos blancos, muertos. Fue como si le
viera directamente el corazón. Jon se sintió desnudo, vulnerable. Cogió el cubo con ambas manos y
tiró el resto de la carne entre los barrotes. Los trozos de carne y la sangre espantaron a los
cuervos. Alzaron el vuelo entre graznidos. Los más rápidos atraparon en el aire algunos
pedazos y los engulleron a toda prisa. Jon soltó el cubo vacío en el suelo.
—Duele, hijo —dijo el anciano con voz amable poniéndole en el hombro una mano arrugada
y llena de manchas—. Oh, sí. Elegir... siempre ha dolido. Y siempre dolerá. Yo lo entiendo.
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