literatura fantástica
Juego de tronos
junto a los fríos ojos de ónice, pero Sam se interpuso entre ellos, y antes de que Jon pudiera atacar de nuevo Pyp le saltó a la espalda y se le enganchó como un mono, mientras Grenn le agarraba el brazo y Sapo le retorcía los dedos para quitarle el cuchillo.
Más tarde, mucho más tarde, después de que lo llevaran a su celda dormitorio, Mormont bajó a verlo con su cuervo en el hombro.— Te dije que no se te ocurriera hacer ninguna tontería, chico— dijo el Viejo Oso.— Chico— coreó su pájaro.— Y pensar que había depositado tantas esperanzas en ti— dijo Mormont sacudiendo la cabeza disgustado.
Le quitaron el cuchillo y la espada, y le dijeron que no podría salir de la celda hasta que los oficiales superiores decidieran qué iban a hacer con él. Luego pusieron un guardia en la puerta para estar seguros de que obedecía. Sus amigos no podían visitarlo, pero el Viejo Oso se ablandó y permitió que se quedara con Fantasma, de manera que no se encontraba completamente solo.
— Mi padre no es ningún traidor— dijo al lobo huargo, cuando todos los demás se hubieron marchado.
Fantasma lo miró en silencio. Jon se recostó contra la pared, se abrazó las rodillas, y contempló la velita que brillaba en la mesa, junto a su catre. La llama parpadeaba y temblaba, las sombras se movían a su alrededor, y la habitación parecía cada vez más oscura y fría. « Esta noche no voy a dormir », pensó. Pero debió de quedarse adormilado. Cuando se despertó tenía las piernas rígidas y con calambres, y la vela se había apagado hacía mucho rato. Fantasma estaba de pie sobre las patas traseras, con las delanteras contra la puerta, rascando la madera. Jon se sobresaltó, no se había dado cuenta de lo grande que estaba. 545—¿ Qué pasa, Fantasmal— preguntó en voz baja. El lobo huargo volvió la cabeza y lo miró desde arriba, desnudando los colmillos en un gruñido silencioso. Por un instante Jon temió que se hubiera vuelto rabioso—. Soy yo, Fantasma— murmuró, tratando de que el miedo no se transparentara en su voz. Pero temblaba violentamente, ¿ por qué de repente hacía tanto frío?
Fantasma se alejó de la puerta, en la que había dejado profundos arañazos con las garras. Jon lo observó, cada vez más inquieto.
— Hay alguien ahí fuera, ¿ verdad?— susurró. El lobo huargo se agazapó y se arrastró hacia adelante, con el pelaje del cuello erizado.
« El guardia— pensó Jon—. Dejaron un guardia ante la puerta. Fantasma lo huele a través de la madera, eso es todo.»
Jon se puso en pie muy despacio. Temblaba de manera incontrolable, deseaba con todas sus fuerzas tener una espada. Llegó junto a la puerta en tres pasos rápidos. Cogió el pestillo y tiró hacia adentro. El crujido de las bisagras casi le hizo dar un salto.
El guardia estaba tumbado sobre los peldaños, inerte, mirando hacia arriba. Mirando hacia arriba aunque estaba caído sobre el estómago. Tenía la cabeza completamente girada.
« No puede ser— se dijo Jon—. Ésta es la torre del Lord Comandante, está vigilada día y noche; es un sueño. Tengo una pesadilla.»
Fantasma se le adelantó y cruzó la puerta. El lobo empezó a subir por las escaleras, se detuvo y volvió la vista hacia Jon. Y entonces lo oyó: el roce suave de una bota contra la piedra, el sonido de un pestillo al girar. Los ruidos procedían de arriba. De las habitaciones del Lord Comandante. Quizá fuera una pesadilla, pero no se trataba de un sueño. La espada del guardia seguía en su vaina. Jon se arrodilló y la cogió. El peso del acero en la mano lo hizo sentir más osado. Empezó a subir, siguiendo las pisadas silenciosas de Fantasma. En cada giro de la escalera acechaban las sombras. Jon siguió subiendo con cautela, hurgando con la punta de la espada en cada sombra sospechosa. De repente oyó el graznido del cuervo de Mormont.—¡ Maíz!— chillaba el pájaro—. Maíz, maíz, maíz, maíz, maíz, maíz- Fantasma saltó hacia adelante, y Jon fue tras él. La puerta de la habitación de Mormont estaba abierta de par en par. Jon se detuvo en el umbral, con la espada en la mano, para que sus ojos tuvieran tiempo de acostumbrarse. Las pesadas cortinas estaban corridas, y la oscurida resultaba negra como la tinta.
—¿ Quién anda ahí?— exclamó.
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