canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 303

literatura fantástica Juego de tronos pesado, y a Jon se le pegaba la ropa a la piel. También hacía calor. Demasiado calor. El Muro lloraba copiosamente, llevaba días llorando, y a veces a Jon le parecía que estaba encogiendo. Los viejos llamaban «espíritu de verano» a aquel clima, y significaba que la estación dejaba escapar sus últimos fantasmas. Después llegaría el frío, le advertían, y tras un verano largo llegaba siempre un invierno largo. Aquel verano había durado diez años. Cuando comenzó, Jon no era más que un bebé. Fantasma corrió con ellos un trecho y desapareció entre los árboles. Jon se sentía casi desnudo sin su lobo huargo. De repente examinaba intranquilo cada sombra. No pudo evitar recordar los cuentos que les narraba la Vieja Tata cuando era niño, en Invernalia. Casi oía de nuevo su voz, como un susurro, y el clic, clic, clic de las agujas de tejer. Los Otros llegaron galopando en aquella oscuridad —decía, con la Voz cada vez más baja—. Eran seres fríos, seres muertos, no soportaban el hierro, ni el fuego, ni la caricia del sol, ni a ninguna criatura viva con sangre caliente en las venas. Las aldeas, las ciudades y los reinos de los hombres cayeron ante ellos cuando avanzaron hacia el sur sobre caballos pálidos, caballos muertos, seguidos por las huestes de aquellos que habían masacrado. Alimentaban a sus sirvientes muertos con la carne de los niños... Al divisar el Muro por encima de la copa de un roble viejo y retorcido, Jon sintió un alivio inmenso. De repente, Mormont tiró de las riendas y se volvió en la silla. —Tarly, ven aquí —ordenó Mormont. Jon vio la expresión de miedo en el rostro de Sam mientras se acercaba a lomos de su yegua; sin duda creía que se había metido en algún lío—. Eres gordo, pero no idiota, chico —le gruñó el Viejo Oso—. Lo has hecho muy bien. Tú también, Nieve. Sam se puso rojo como la grana y tartamudeó en busca de una respuesta cortés. Jon no pudo por menos que sonreír. Cuando por fin salieron de entre los árboles, Mormont puso el caballo al trote. Fantasma salió del bosque para recibirlos, con el hocico rojo tras la caza. Los vigías en el Muro vieron cómo la columna se aproximaba. Jon oyó la llamada grave del cuerno de uno de ellos, que se oía a muchos kilómetros: un sonido largo, hondo, que vibraba entre los árboles y resonaba contra el hielo. Uuuuuoooooooooooooooooooooooooooooo. El sonido se apagó poco a poco, y otra vez se hizo el silencio. Un solo toque significaba que los exploradores estaban de regreso. «Al menos he sido explorador por un día —se dijo Jon—. Pase lo que pase, eso no me lo podrán quitar.» Guiaron a sus caballos a pie por el túnel de hielo, y se encontraron a Bowen Marsh esperándolos al otro lado. El Lord Mayordomo tenía el rostro congestionado y estaba muy agitado. —Mi señor —dijo apresuradamente al tiempo que abría los barrotes de hierro—, ha llegado un pájaro, tenéis que venir enseguida. —¿De qué se trata? —gruñó Mormont. —La carta la tiene el maestre Aemon. —Fue curioso, porque Marsh miró a Jon antes de responder—. Os espera en vuestras habitaciones. —Muy bien. Encárgate de mi caballo, Jon, y di a Ser Jaremy que ponga los cadáveres en un almacén hasta que el maestre pueda examinarlos. Mormont se alejó, rezongando. Jon llevó los caballos al establo, con la desagradable certeza de que todo el mundo lo miraba. Ser Alliser Thorne entrenaba a sus muchachos en el patio, pero se interrumpió para mirar a Jon con una tenue sonrisa en los labios. Junto a la puerta de la armería estaba Donal Noye, el manco. —Los dioses sean contigo, Nieve —saludó. Jon supo que algo iba mal. Que algo iba muy mal. Dejaron los cadáveres en uno de los almacenes de la base del muro, una celda oscura y fría excavada en el hielo, donde se guardaban la carne y los cereales, y a veces también la cerveza. Jon se encargó de dar de beber y cepillar al caballo de Mormont antes de ocuparse del suyo. Después, fue a buscar a sus amigos. Grenn y Sapo estaban de guardia, pero encontró a Pyp en la sala común. —¿Qué ha pasado? —preguntó. —El rey ha muerto —respondió Pyp en voz baja. Jon se quedó sin habla. Robert Baratheon le había parecido viejo y gordo en su visita a Invernalia, pero parecía sano, y nadie dijo que estuviera enfermo. —¿Cómo lo sabes? 303