canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 296

literatura fantástica Juego de tronos Aquella noche Sansa soñó con Joffrey en su trono, y ella sentada a su lado, con una túnica de hilo de oro. Tenía una corona en la cabeza, y todas las personas que había conocido se acercaban a ella, hincaban la rodilla en el suelo y le rendían pleitesía. A la mañana siguiente, la mañana del tercer día, Ser Boros Blount de la Guardia Real acudió para escoltarla ante la reina. Ser Boros era un hombre feo de torso ancho y corto y piernas torcidas. Tenía la nariz plana, papada lacia y pelo gris muy crespo. Aquel día iba vestido de terciopelo blanco, y su capa del color de la nieve estaba sujeta con un broche en forma de león. La bestia tenía el brillo delicado del oro y sus ojos eran rubíes diminutos. —Esta mañana tenéis un aspecto espléndido, Ser Boros —le dijo Sansa. Una dama nunca olvidaba sus modales, y ella estaba decidida a ser una dama, pasara lo que pasara. —Vos también, mi señora —respondió Ser Boros con voz átona—. Su Alteza os aguarda. Acompañadme. Había otros guardias en la puerta, hombres de armas de los Lannister, con capas color carmesí y yelmos con crestas en forma de león. Sansa se forzó a saludarlos con gentileza y a desearles los buenos días al pasar junto a ellos. Era la primera vez que le permitían salir de la habitación desde que Ser Arys Oakheart la encerrara, hacía ya dos días con sus noches. —Es por tu seguridad, querida —le había dicho la reina—. Si algo le sucediera a su amada, Joffrey jamás me lo perdonaría. Sansa pensaba que Ser Boros la iba a escoltar a las habitaciones reales, pero en vez de eso la llevó al Torreón de Maegor. El puente volvía a estar bajado. Unos trabajadores estaban bajando a un hombre atado al fondo del foso seco. Sansa echó una mirada a hurtadillas y vio un cuerpo empalado en las estacas de hierro del fondo. Apartó la vista enseguida, temerosa de preguntar, temerosa de mirar demasiado, temerosa de que fuera alguien a quien conociera. La reina Cersei estaba en la cámara del Consejo, sentada a la cabeza de una mesa larga llena de papeles, velas y barras de lacre. El esplendor de la sala era incomparable. Sansa contempló con admiración las tallas de los paneles de madera y las esfinges gemelas sentadas ante la puerta. —Alteza, he traído a la niña —dijo ser Boros después de que los hiciera pasar otro hombre de la Guardia Real, Ser Mandón, el del rostro extrañamente inexpresivo. Sansa tenía la esperanza de que Joffrey estuviera allí. No era así, pero sí vio a tres de los consejeros del rey. Lord Petyr Baelish se sentaba a la derecha de la reina, el Gran Maestre Pycelle al final de la mesa y Lord Varys pululaba por la estancia, dejando un rastro de perfume a flores. Advirtió con temor que todos iban vestidos de negro. Ropas de luto... La reina llevaba una túnica de seda negra con cuello alto, con un centenar de rubíes color rojo oscuro cosidos al corpino que le llegaban del cuello al pecho. Estaban tallados en forma de lágrimas, como si la reina llorase sangre. Cersei le sonrió, y a Sansa le pareció la sonrisa más dulce y triste que había visto jamás. —Sansa, querida mía —dijo—. Sé que has estado preguntando por mí. liento no haber podido recibirte antes. Todo ha sido muy complicado, no he tenido ni un momento. Espero que el servicio haya cuidado bien de ti. —Todo el mundo ha sido muy amable, Alteza, gracias por vuestro interés —dijo Sansa con educación—. Sólo que... bueno, nadie hablaba con nosotras, nadie nos decía qué pasaba... —¿Nosotras? —Cersei parecía sorprendida. —Pusimos a la hija del mayordomo con ella —dijo Ser Boros—. No sabíamos qué hacer con la otra niña. —La próxima vez, preguntad —dijo la reina con voz tensa y el ceño fruncido—. Los dioses saben qué clase de historias le habrá metido a Sansa en la cabeza. —Jeyne tiene miedo —dijo Sansa—. No deja de llorar. Le prometí que os preguntaría si podía ver a su padre. —El Gran Maestre Pycelle bajó la vista—. Su padre está bien, ¿verdad? — preguntó Sansa con ansiedad. —Sabía que había habido peleas, pero nadie atacaría a un mayordomo. Vayon Poole ni siquiera llevaba espada. —No quiero que nadie atemorice innecesariamente a Sansa —dijo la reina Cersei mirando a todos sus consejeros, uno por uno—. ¿Qué podemos hacer con su amiguita, señores? —Le buscaré un lugar —respondió Lord Petyr inclinándose hacia delante. —Que no sea en la ciudad —dijo la reina. —¿Me tomáis por idiota? —replicó él. La reina hizo caso omiso. 296