canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 275
literatura fantástica
menos.
Juego de tronos
—No —dijo Ned a su amigo moribundo—. Tan malo como Aerys nunca, Alteza. Ni mucho
—Al menos... dirán de mí... que esto último... lo hice bien. —Robert consiguió esbozar una
sonrisa débil—. No me fallarás. Ahora reinarás tu. No te gustará nada... menos que a mí... pero lo
harás bien. ¿Has terminado de escribir?
Sí, Alteza. —Ned ofreció el papel a Robert. El rey garabateó una a ciegas, manchando de
sangre la carta—. Necesitamos testigos Para el sello.
firma ¡
—Servid el jabalí en mi banquete funerario —susurró Robert—. Con una manzana en la boca
y la piel bien crujiente. Comeos al muy cabrón. Aunque reventéis. Prométemelo, Ned.
—Lo prometo.
«Prométemelo, Ned», repitió como un eco la voz de Lyanna.
—La chica —siguió el rey—. Daenerys. Que no la maten. Si puedes, si no es... demasiado
tarde... habla con ellos... con Varys, con Meñique... no dejes que la maten. Y ayuda a mi hijo, Ned.
Haz que sea... mejor que yo. —Entrecerró los ojos—. Los dioses tengan piedad de mí.
—La tendrán, amigo mío —dijo Ned—. La tendrán.
—Asesinado por un cerdo —murmuró el rey. Cerró los ojos y pareció relajarse—. Debería
reírme, pero duele demasiado.
—¿Hago entrar a los demás? —Ned no se reía.
—Como quieras —asintió Robert débilmente—. Dioses, ¿por qué hace tanto frío?
Los criados volvieron a entrar y se apresuraron a echar más leña a los braseros. La reina había
desaparecido. Eso al menos era un alivio. Ned pensó que, si Cersei conservaba algún resto de sentido
común, huiría con sus hijos antes del amanecer. Ya se había demorado demasiado.
El rey Robert no dio señales de echarla en falta. Ordenó a su hermano Renly y al Gran
Maestre Pycelle que fueran testigos de cómo ponía su sello en la cera amarilla que Ned había puesto
en el documento.
—Ahora, dadme algo para el dolor y dejadme morir.
El Gran Maestre Pycelle se apresuró a mezclar otra dosis de la leche de la amapola. En aquella
ocasión el rey apuró la copa hasta el final. Cuando se la retiró de los labios, tenía la espesa barba
salpicada de cuentas blancas.
—¿Soñaré?
—Sí, mi señor. —Ned le dijo lo que creí