canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Página 251
literatura fantástica
Juego de tronos
Un peñasco se movió a la izquierda de donde se encontraban, se irguió y se convirtió en
un hombre. Era enorme, lento, fuerte, vestido con pieles, con un garrote en la mano derecha y un
hacha en la izquierda. Se acercó a ellos, entrechocando las dos armas.
Otras voces se alzaron, proclamando otros nombres, Conn, Torrek, Jaggot, y muchos más
que Tyrion olvidó nada más oírlos. Eran al menos diez. Unos cuantos llevaban espadas y
cuchillos; otros esgrimían horcas, guadañas y lanzas de madera. Aguardó a que todos salieran y
gritaran sus nombres antes de responder.
—Yo soy Tyrion, hijo de Tywin, del Clan de los Lannister, los Leones de la Roca.
Pagaremos de buena gana el cabrito que nos hemos comido.
—¿Qué puedes darnos, Tyrion, hijo de Tywin? —preguntó el que decía llamarse Gunthor,
que parecía el jefe.
—En mi bolsa hay algo de plata —respondió Tyrion—. La cota de mallas que llevo me
queda grande, pero a Conn le sentaría muy bien, y mi hacha resultaría perfecta para Shagga, es
mucho mejor que la suya.
—El medio hombre quiere pagarnos con nuestro dinero —se burló Conn.
—Conn tiene razón —dijo Gunthor—. Vuestra plata es nuestra. Vuestros caballos son
nuestros. Igual que la cota de mallas, el hacha y el cuchillo que te cuelga del cinturón. ¿Cómo
prefieres morir, Tyrion, hijo de Tywin?
—En mi propia cama, con la barriga llena de vino, la polla en la boca de una doncella y a
la edad de ochenta años —replicó.
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El corpulento, Shagga, fue el primero en soltar una carcajada. Los demás no lo
encontraron tan divertido.
—Coge los caballos, Conn —ordenó Gunthor—. Mata al otro y ata al medio hombre.
Servirá para ordeñar las cabras y hacer reír a las madres.
—¿Quién quiere ser el primero en morir? —preguntó Bronn poniéndose en pie de un
salto.
—¡No! —ordenó Tyrion con tono brusco—. Escúchame, Gunthor, hijo de Gurn. Mi casa
es rica y poderosa. Si los Grajos de Piedra nos escoltan para salir de estas montañas, mi señor
padre te cubrirá de oro.
—El oro de un señor de las tierras bajas vale aún menos que las promesas de un medio
hombre —replicó Gunthor.
—Puede que yo sea medio hombre —dijo Tyrion—, pero tengo el valor de enfrentarme a
mis enemigos. En cambio, los Grajos de Piedra se esconden tras las rocas y tiemblan de miedo
cada vez que pasan a caballo los señores del Valle.
Shagga lanzó un rugido de ira y entrechocó el garrote contra el hacha. Jaggot rozó el
rostro de Tyrion con la punta de su larga lanza de madera, endurecida al fuego. Tyrion intentó no
parpadear.
—¿Éstas son las mejores armas que habéis conseguido robar? —preguntó—. No están mal
para matar ovejas... siempre que las ovejas no se resistan. Los herreros de mi padre cagan acero de
mejor calidad.
—Hombrecillo —rugió Shagga—, ¿te seguirás burlando de mi hacha cuando te corte la
hombría y se la eche de comer a las cabras?
—No. —Gunthor lo detuvo alzando una mano—. Quiero escuchar qué nos dice. Las
madres están hambrientas, y el acero llena más bocas que el oro. ¿Qué nos darás a cambio de
vuestras vidas, Tyrion, hijo de Tywin? ¿Espadas? ¿Lanzas? ¿Cotas de mallas?
—Todo eso, Gunthor, hijo de Gurn, y mucho más —replicó Tyrion Lannister con una
sonrisa—. Os daré el Valle de Arryn.
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