canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 217
literatura fantástica
Juego de tronos
BRAN
Estaba cayendo una ligera nevada. Bran sentía en las mejillas los copos, que se deshacían
en la más suave de las lluvias en cuanto le llegaban a la piel. Se irguió en el caballo y observó
cómo levantaban el rastrillo. Por mucho que intentara mantener la calma, el corazón le
revoloteaba como una mariposa en el pecho.
—¿Preparado? —preguntó Robb. Bran asintió, tratando de que no se le notara el miedo.
No había salido de Invernalia desde la caída, pero estaba decidido a cabalgar con tanto orgullo
como cualquier caballero—. Entonces, adelante. —Robb clavó los talones a su gran capón gris y
blanco, y el caballo trotó bajo el rastrillo.
—Vamos —susurró Bran a su montura. Rozó ligeramente el cuello de la potranca castaña,
que echó a andar. Bran la había llamado Bailarína. Tenía dos años, y según Joseth era más lista
que ningún otro caballo. La habían entrenado especialmente para que respondiera a las riendas, a
la voz y a los toques. Hasta entonces Bran sólo la había montado por el patio. Al principio Hodor
o Joseth la guiaban, con Bran asegurado con cinturones a la silla de gran tamaño que había
dibujado el Gnomo, pero en los quince últimos días la había montado solo. Había ido al paso, al
trote, en círculos, y cada vez se volvía más audaz.
Pasaron junto a la caseta del guardabarrera, cruzaron el puente levadizo y salieron al
exterior. Verano y Viento Gris trotaban junto a ellos sin dejar de olfatear el aire. Los seguía Theon
Greyjoy, con un arco largo y un carcaj lleno de flechas; les había contado que tenía intención de
abatir un ciervo. Tras él iban cuatro guardias con cotas de mallas y cascos, y Joseth, un mozo de
cuadras flaco al que Robb había nombrado caballerizo mayor durante la ausencia de Hullen. El
maestre Luwin, montado en un asno, cerraba la marcha. A Bran le habría gustado más ir a solas
con Robb, pero Hal Mollen no lo permitió, y el maestre Luwin respaldaba su opinión. Quería estar
cerca si Bran se caía del caballo, o se hacía daño.
Más allá del castillo estaba la plaza del mercado, con los tenderetes de madera desiertos en
aquel momento. Cabalgaron por las calles embarradas del pueblo, pasando junto a hileras de
pulcras casitas de troncos y piedra vista. Sólo una de cada cinco tenía habitantes, y en esas las
chimeneas dejaban escapar finos tentáculos de humo. El resto se lnan ocupando a medida que
hiciera más frío. Según la Vieja Tata,
cuando cayera la nieve y los vientos gélidos soplaran del norte, los granjeros abandonarían los
campos helados, cargarían sus carromatos y la ciudad invernal cobraría vida. Bran nunca lo había
visto, pero según el maestre Luwin el momento estaba cada vez más cerca. El fin del largo verano se
avecinaba. «Se acerca el Invierno.»
Unos cuantos aldeanos miraron con temor a los lobos huargos que acompañaban a los jinetes,
un hombre se sobresaltó tanto que incluso dejó caer la brazada de leña que llevaba, pero la mayor parte
del pueblo se había acostumbrado ya a ellos. Al ver a los muchachos, hincaron una rodilla en tierra, y
Robb los saludó de uno en uno con gesto de gran señor.
No podía asegurarse con las piernas, de manera que el vaivén del caballo hacía sentir inseguro
a Bran al principio, pero la gran silla de montar, con cabeza gruesa y respaldo alto, resultaba muy
cómoda, y los cinturones que llevaba en torno al pecho y a los muslos impedirían que se cayera. Al
cabo de un rato, el ritmo empezó a parecerle casi natural. Poco a poco fue desapareciendo la ansiedad
y hasta se atrevió a esbozar una sonrisa.
Bajo el cartel del Leño Humeante, la cervecería de la aldea, había dos mozas. Theon Greyjoy
las llamó, y la más joven se sonrojó y se cubrió el rostro con las manos. Theon espoleó su caballo para
situarlo junto al de Robb.
—La dulce Kyra —dijo con una carcajada—. En la cama se retuerce como una comadreja,
pero si le dices una sola palabra en la calle se pone roja como una doncella. ¿Te he contado alguna vez
la noche en que Bessa y ella...?
—Delante de mi hermano, no, Theon —le advirtió Robb, mirando a Bran de soslayo.
Bran hizo como si no hubiera oído nada, pero sintió los ojos de Greyjoy clavados en él.
Seguro que estaba sonriendo. Sonreía mucho, como si el mundo entero fuera un chiste y sólo él lo
entendiera. Por lo visto Robb admiraba a Theon y le gustaba estar con él, pero a Bran nunca le había
caído bien el pupilo de su padre.
—Lo estás haciendo muy bien, Bran —le dijo Robb acercándose a él.
—Quiero ir más deprisa —respondió el niño.
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