canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 192

literatura fantástica Juego de tronos EDDARD niña! —Te lo suplico, Robert —rogó Ned—, piensa bien qué dices. ¡Hablas de asesinar a una —¡Esa puta está preñada! —El rey descargó un puñetazo que resonó como un trueno sobre la mesa del Consejo—. Te lo avisé, Ned, te dije qué iba a pasar. Te lo dije durante el viaje, pero no me hiciste caso. Pues ahí lo tienes. Los quiero ver muertos, a la madre y al bebé, y al imbécil de Viserys también. ¿Te ha quedado claro? ¡Los quiero ver muertos! El resto de los consejeros hacían lo posible por fingir que no se encontraban allí. Sin duda eran más inteligentes que él. Pocas veces Eddard Stark se había sentido tan solo. —Si lo haces, te deshonrarás para siempre. —Pues que caiga la deshonra sobre mi cabeza, mientras mueran. No estoy tan ciego como para no ver la sombra de un hacha cuando la tengo sobre el cuello. —No hay hacha alguna —dijo Ned a su rey—. Si acaso, es la sombra de una sombra de hace veinte años. —¿Si acaso? —preguntó Varys con voz suave, al tiempo que se frotaba las manos empolvadas—. Me tomáis por lo que no soy, mi señor. ¿Acaso presentaría yo una mentira al rey y al Consejo? —Lo que nos presentáis, mi señor —dijo Ned dirigiendo una mirada gélida al eunuco—, son los chismorrees de un traidor que se encuentra a medio mundo de distancia. Puede que Mormont se equivoque. Puede que mienta. —Ser Jorah no osaría engañarme —dijo Varys con una sonrisa astuta—. Podéis darlo por seguro, mi señor. La princesa está preñada. —Eso decís vos. Si os equivocáis, no hay nada que temer. Si la niña aborta, no hay nada que temer. Si da a luz una chiquilla en un lugar de un hijo, no hay nada que temer. Si el bebé muere en las primeras semanas, no hay nada que temer. —Pero, ¿y si es un varón? —insistió Robert—. ¿Y si vive? —Aun así, el mar Angosto se seguiría interponiendo entre nosotros. Empezaré a temer a los dothrakis el día en que enseñen a sus caballos a cabalgar sobre las aguas. El rey bebió un trago de vino, y miró airado a Ned desde el otro lado de la mesa del Consejo. —Así que me recomiendas que no haga nada hasta que el engendro del dragón desembarque con su ejército en mis playas, ¿no? —El «engendro del dragón» está en el vientre de su madre —dijo Ned—. Ni siquiera Aegon inició sus conquistas hasta después de que lo destetaran. —¡Dioses! Eres testarudo como un uro, Stark. —El rey miró al resto de los consejeros—. Y a los demás, ¿qué os pasa, os habéis quedado mudos? ¿Es que nadie le va a meter un poco de sentido común en la cabeza a este idiota de barba helada? Varys dedicó al rey su sonrisa más zalamera, y puso una mano blanda en la manga de Ned. —Entiendo vuestros escrúpulos, Lord Eddard, os lo aseguro. No me satisface en absoluto traer ante el Consejo noticias tan graves. Lo que estamos planeando es algo espantoso, repugnante. Pero los que dominan el mundo deben a veces hacer cosas así por el bien del reino... por mucho dolor que nos cause. —A mí no me parece que sea tan complicado —dijo Lord Renly encogiéndose de hombros—. Debimos asesinar a Viserys y a su hermana hace años, pero Su Alteza, mi querido hermano, cometió el error de hacer caso a Jon Arryn. —La misericordia no es nunca un error, Lord Renly —replicó Ned—. En el Tridente, Ser Barristan, aquí presente, mató a una docena de buenos hombres que eran amigos míos y de Robert. Cuando lo trajeron ante nosotros, malherido y al borde de la muerte, Roose Bollón quería que le cortáramos la cabeza, pero vuestro hermano dijo: «No mataré a un hombre por ser leal, ni por luchar bien», y envió a su maestre para que atendiera las heridas de Ser Barristan. —Lanzó al rey una mirada larga y fría—. Ojalá estuviera aquí ese hombre. —No es lo mismo —protestó Robert y tuvo la decencia de sonrojarse—. Ser Barristan era un caballero de la Guardia Real. 192