canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 186
literatura fantástica
Juego de tronos
en el suelo. Quizá no la reconocieran. De lo contrario, sería espantoso. La septa Mordane lo
consideraría un insulto personal y Sansa no volvería a dirigirle la palabra.
—¿Qué haces aquí, chico? —preguntó la gruesa septa adelantándose un paso—. En esta
parte del castillo no se puede entrar.
A estos mocosos no hay quien se lo impida —dijo uno de los hombres de capa roja—. Es
como intentar mantener a raya a las ratas.
¿Quiénes son tus padres, chico? —insistió la septa—. Responde. ¿Qué te pasa, eres mudo?
Arya no podía decir palabra. Si hablaba, Tommen y Myrcella la reconocerían de inmediato.
—Tráelo aquí, Godwyn —ordenó la septa.
El guardia más alto echó a andar hacia ella. Arya sintió que el pánico le aferraba la garganta
como la mano de un gigante. «Tranquila como las aguas en calma», se dijo para sus adentros.
Godwyn fue a agarrarla, y entonces Arya se movió. «Rápida como una serpiente.» Se inclinó
hacia la izquierda, permitiendo que los dedos del hombre apenas le rozaran el brazo, y giró a su
alrededor. «Suave como la seda de verano.» Cuando él se dio la vuelta. Arya ya corría por el pasadizo.
«Veloz como un ciervo.» La septa le gritaba algo. Ella se deslizó entre sus piernas, gruesas y blancas
como columnas de mármol, rodó hacia el príncipe Tommen y saltó sobre él. El niño cayó sentado, con
un sonoro uf. Esquivó al segundo guardia y escapó a toda velocidad.
Oyó a su espalda gritos y pasos apresurados que se acercaban más y más. Se dejó caer y rodó
por el suelo. El capa roja pasó alocadamente junto a ella. Arya se puso en pie de un salto. Vio una
ventana en el muro, alta y estrecha, poco más que una tronera. Saltó, se agarró al alféizar y se izó.
Contuvo la respiración y se retorció para atravesarla. «Resbaladiza como una anguila.» Cayó al otro
lado ante una sobresaltada fregona, se levantó, se sacudió la ropa y echó a correr de nuevo. Salió por la
puerta a un pasillo largo, bajó por unas escaleras, cruzó un patio oculto, dobló una esquina, saltó un
muro y se coló por una ventana baja y estrecha que daba a un sótano oscuro. Los sonidos quedaron a
su espalda, cada vez más amortiguados.
Arya estaba sin aliento y completamente extraviada. Si la habían reconocido iba a tener
problemas, pero creía que no había sido así. Se había movido muy deprisa. «Veloz como un ciervo.»
Se acuclilló en la oscuridad contra una pared de piedra húmeda, y prestó atención por si oía
sonidos de sus perseguidores. Pero lo único que le llegó a los oídos fueron los latidos de su corazón y
el goteo distante del agua. «Silenciosa como una sombra», se dijo. ¿Dónde se encontraba? Los
primeros días después de llegar a Desembarco del Rey tenía pesadillas en las que se veía perdida en el
castillo. Su padre decía que la Fortaleza Roja era más pequeña que Invernalia, pero en sus sueños le
parecía inmensa, un laberinto interminable de piedras que parecían moverse y cambiar a su espalda.
Siempre se encontraba vagando por salas sombrías, pasando junto a tapices descoloridos; bajaba por
escaleras de caracol interminables, atravesaba patios y puentes, y sólo el eco respondía a sus gritos. En
algunas estancias, la piedra roja de los muros parecía rezumar sangre, y nunca había ventanas.
En ocasiones oía la voz de su padre, pero siempre muy lejos, y se iba alejando por mucho que ella
tratara de correr en su dirección, hasta que se desvanecía por completo y Arya quedaba a solas en la
oscuridad.
Se dio cuenta de que todo estaba muy oscuro en aquel momento. Se abrazó las rodillas
desnudas contra el pecho, y se estremeció. Decidió quedarse sentada allí, muy callada, y contar hasta
diez mil. Para entonces ya podría salir y buscar el camino de regreso.
Apenas iba por ochenta y siete cuando la habitación pareció iluminarse un poco, a medida que
sus ojos se acostumbraban a la oscuridad. Poco a poco los objetos que la rodeaban empezaron a tomar
forma. Enormes ojos vacíos la miraban hambrientos desde la penumbra, y entrevió las sombras
puntiagudas de unos dientes enormes. Había perdido la cuenta. Cerró los ojos, se mordió el labio y
apartó el miedo de ella. Cuando alzara la vista de nuevo los monstruos habrían desaparecido. Nunca
habrían estado allí. Se intentó convencer de que Syrio se encontraba junto a ella, en la oscuridad, y le
susurraba al oído. «Tranquila como las aguas en calma —se dijo—. Fuerte como un oso. Fiera como
un carcayú.» Abrió los ojos de nuevo.
Los monstruos seguían allí. El miedo, no.
Arya se puso en pie y avanzó con cautela. Las cabezas la rodeaban por doquier. Tocó una con
curiosidad, y se preguntó si sería auténtica. Rozó una mandíbula gigantesca con los dedos. El tacto era,
desde luego, muy auténtico. El hueso era suave, frío y duro. Pasó los dedos por un diente, negro y
afilado, una daga de oscuridad. Le dio escalofríos.
—Está muerto —dijo en voz alta—. No es más que un cráneo, no me puede hacer daño.
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