canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Seite 166
literatura fantástica
Juego de tronos
llamas, un enemigo con una antorcha... Un imbécil me preguntó si me lo había hecho un dragón. —La
carcajada fue más suave, pero igual de amarga—. Te voy a decir qué me pasó, niña —siguió, una voz
en la noche, una sombra que se inclinaba sobre ella hasta que pudo oler el hedor del vino en su
aliento—. Yo era más pequeño que tú, tenía seis años, o siete, no sé. Un tallista instaló su taller en la
aldea cercana al castillo de mi padre, y para ganarse su favor nos envió regalos. Aquel anciano hacía
unos juguetes maravillosos. No recuerdo qué me dio a mí, pero yo quería el regalo de Gregor. Era un
caballero de madera, todo pintado, las articulaciones se movían, lo podías manejar con cordeles como
si luchara. Gregor tenía cinco años más que yo, para él aquel juguete no tenía la menor importancia, ya
manejaba una espada, medía un metro ochenta y tenía la musculatura de un toro. Así que le robé su
caballero, pero no lo disfruté, te aseguro que no lo disfruté. Estaba muerto de miedo, y hacía bien,
porque me descubrió. En la habitación había un brasero. Gregor no dijo ni una palabra, me cogió, me
sujetó con un brazo y me aplastó la cara contra los carbones al rojo, y me tuvo así mientras yo gritaba
y gritaba y gritaba. Ya has visto lo fuerte que es. Incluso entonces hicieron falta tres hombres para
hacer que me soltara. Los sentones hablan de los siete infiernos. ¿Qué saben ellos? Sólo alguien que ha
sufrido quemaduras como las mías sabe lo que es el infierno.
»Mi padre dijo a todo el mundo que las sábanas de mi cama se habían incendiado, y el maestre
me puso ungüentos. ¡Ungüentos! A Gregor también le correspondieron sus ungüentos. Cuatro años
más tarde lo ungieron con los siete aceites, recitó sus juramentos de caballero, y Rhaegar Targaryen le
dio un golpecito en el hombro y le dijo: "Levantaos, Ser Gregor".
La voz ronca fue perdiendo fuerza. Se quedó ante ella, en silencio, acuclillado. No era más
que una forma grande, la noche lo envolvía e impedía ver otra cosa. Sansa oyó su respiración
trabajosa. Se dio cuenta de que ya no sentía miedo. Sentía compasión.
El silencio se prolongó largo rato, tanto que empezó a tener miedo una vez más, pero temía
por él, no por ella. Le puso una mano en el hombro gigantesco.
—No era un buen caballero —susurró.
El Perro echó la cabeza hacia atrás y lanzó un rugido. Sansa retrocedió tan b