canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 164
literatura fantástica
Juego de tronos
llamas. El bufón particular del rey, un retrasado al que llamaban Chico Luna, bailaba sobre zancos con
su traje de mil colores, y se burlaba de todo el mundo con tan hábil crueldad que Sansa llegó a
preguntarse hasta qué punto tenía mermadas sus facultades mentales. Ni la septa Mordane estuvo a
salvo de él: cuando el bufón cantó una cancioncilla acerca del Septon Supremo, se rió tanto que se
derramó encima la copa de vino.
Y Joffrey fue la imagen viva de la cortesía. Se pasó la noche hablando con Sansa, la colmó de
cumplidos, la hizo reír, le contó los pequeños cotilleos de la corte y le explicó las puyas de Chico
Luna. Sansa estaba tan cautivada que olvidó toda cortesía y apenas si dirigió la palabra a la septa
Mordane, que estaba sentada a su izquierda.
Mientras tanto se fueron sirviendo los diferentes platos de la cena. Una sopa espesa de cebada
y venado. Ensaladas de hierbadulce, espinacas y ciruelas con frutos secos por encima. Caracoles en
salsa de miel y ajo. Sansa no había probado nunca los caracoles, así que Joffrey le enseñó a sacarlos de
su concha, y él mismo le puso el primero en la boca. Después sirvieron trucha pescada en el río aquel
mismo día, horneada en barro; su príncipe la ayudó a romper la envoltura sólida para dejar al
descubierto el pescado jugoso. Y cuando se sirvió la carne, él mismo le ofreció la mejor tajada con una
sonrisa seductora. Sansa advirtió que el brazo derecho todavía le molestaba al moverlo, pero en ningún
momento se quejó.
Más tarde se sirvieron empanadas de pichón y criadillas, manzanas asadas que olían a canela,
y pastelillos de limón bañados en azúcar, pero para entonces Sansa estaba tan llena que apenas si pudo
comerse dos pastelillos, por mucho que le gustaran. Estaba decidiendo si se enfrentaría a un tercer
pastelillo cuando el rey empezó a gritar.
A medida que se iban sirviendo los diferentes platos el rey Robert había ido levantando la voz.
A veces Sansa lo oía reír a carcajadas o rugir órdenes por encima del estruendo de la música y el ruido
de los platos y los cubiertos, pero estaba demasiado lejos para entender lo que decía.
En aquel momento, en cambio, todo el mundo lo entendió.
—¡No! —rugió con una voz que ahogaba el resto de los ruidos. Sansa se quedó boquiabierta al
ver que el rey se levantaba, inseguro, con el rostro congestionado. Llevaba en la mano una copa de
vino y estaba completamente borracho—. ¡No consiento que me digas qué tengo que hacer, mujer! —
gritó a la reina Cersei—. ¡Aquí el rey soy yo! ¿Entendido? ¡Yo soy el que manda, y si digo que
mañana voy a pelear, es que voy a pelear!
Todos los asistentes lo miraban. Sansa se fijó en Ser Barristan, y en Renly, el hermano del rey,
y también en el hombre bajito que antes le había tocado el pelo mientras le hablaba de una manera
extraña, pero ninguno hizo ademán de interferir. El rostro de la reina era una máscara tan pálida que
parecía esculpida en nieve. Se levantó de la mesa,
se
recogió las faldas y, sin decir palabra, se alejó seguida por sus sirvientes.
Jaime Lannister puso una mano en el hombro del rey, pero éste lo empujó hacia atrás.
Lannister trastabilló y cayó. El rey se echó a reír c on carcajadas ebrias, groseras.
—Vaya con el gran caballero, todavía te puedo tumbar. No lo olvides, Matarreyes. —Se
golpeó el pecho con la copa adornada con piedras preciosas, de manera que el vino le salpicó la
túnica de seda—. ¡Con mi maza en la mano no hay hombre en el reino capaz de enfrentarse a mí!
—Como digáis, Alteza —dijo Jaime Lannister, algo forzado, después de levantarse y
sacudirse el polvo.
—Se te ha derramado el vino, Robert —dijo Lord Renly adelantándose con una sonrisa—.
Espera, te traigo otra copa.
Sansa se sobresaltó cuando Joffrey le puso la mano en el brazo.
—Se hace tarde —dijo el príncipe. Tenía una expresión extraña en el rostro, como si no la
viera—. ¿Hace falta que te acompañe alguien para volver al castillo?
—No —empezó a decir Sansa. Miró a la septa Mordane, y se sobresaltó al ver que tenía la
cabeza apoyada en la mesa y dormía con ronquidos suaves, muy propios de una dama—. Es
decir... sí, gracias, eres muy amable. Estoy cansada, y el camino es tan oscuro... Me gustaría que
alguien me protegiera.
—¡Perro! —llamó Joffrey.
Sandor Clegane apareció tan de repente como si hubiera surgido de la noche. Se había
cambiado la armadura por una túnica de lana roja, con una cabeza de perro recortada en cuero y
cosida en el pecho. La luz de las antorchas hacía que su rostro quemado brillara con un tono rojo
mortecino.
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