canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 127
literatura fantástica
Juego de tronos
respiró y se echó a reír, feliz. De repente tuvo la necesidad de sentir el suelo bajo los pies, de que se le
metiera entre los dedos aquella tierra espesa y negra. Se bajó de la silla, y dejó que la plata pastara
mientras ella se quitaba las botas altas.
Viserys cayó junto a ella, tan repentino como una tormenta de verano. Detuvo su caballo con
tal brusquedad que el animal casi se encabritó.
—¡Cómo te atreves! —le gritó—. ¡A darme órdenes a mí! ¡A mí! —Se bajó del caballo con
torpeza y estuvo a punto de caer. Recuperó el equilibrio con el rostro congestionado. La agarró por los
brazos y la sacudió—. ¿Te has olvidado de quién eres? ¡Mira la pinta que tienes!
A Dany no le hacía falta mirarse. Estaba descalza, llevaba el pelo aceitado y vestía prendas de
cuero dothrakis para cabalgar y un chaleco de colores que había sido uno de sus regalos de boda. Su
aspecto era el adecuado para aquel lugar. Viserys vestía sedas de ciudad y cota de mallas, y estaba
sucio y sudoroso. Y no dejaba de gritar.
—Tú no le das órdenes al dragón, ¿entendido? Soy el señor de los Siete Reinos, y no obedezco
a la putilla de un señor de los caballos, ¿me oyes? —Le metió la mano bajo el chaleco, y le clavó los
dedos en el pecho hasta hacerle daño—. ¿Me oyes?
Dany le dio un violento empujón.
Viserys se la quedó mirando con los ojos liláceos llenos de incredulidad. Su hermana jamás le
había plantado cara. Nunca lo había desafiado. La rabia le distorsionó el rostro. Dany supo que Viserys
le iba a hacer daño. Mucho daño.
Crac.
El restallido del látigo fue como un trueno. La cinta de cuero se enroscó en torno a la garganta
de Viserys y lo hizo retroceder. Cayó de espaldas sobre la hierba, ahogándose. Los jinetes dothrakis se
burlaron de él cuando intentó liberarse. El que manejaba el látigo, el joven Jhogo, preguntó algo. Dany
no entendía aún el idioma, pero para entonces ya habían llegado Irri, Ser Jorah y el resto de su khas.
—Jhogo pregunta si queréis que lo maten, khaleesi —dijo Irri.
—No —respondió Dany—. No.
Jhogo entendió la negativa. Otro jinete ladró un comentario y los dothrakis se echaron a reír.
—Quaro dice que deberíais cortarle una oreja para que aprenda a teneros respeto —tradujo
Irri.
—Diles que no es mi deseo que se le cause daño alguno —dijo Dany.
Irri repitió sus palabras en dothraki. Jhogo dio un tirón del látigo, sacudiendo a Viserys como
una marioneta de cuerda. Cayó de nuevo al suelo, con una fina línea de sangre bajo la barbilla, allí
donde el cuero había mordido la piel.
—Le advertí de lo que sucedería, mi señora —dijo Ser Mormont—. Le dije que se quedara en
el risco, como ordenasteis.
),' —Lo sé, lo sé —replicó Dany, sin dejar de mirar a Viserys.
Su hermano estaba tendido en el suelo, y luchaba por recuperar la respiración entre sollozos,
con el rostro congestionado. Resultaba patético. Siempre había sido patético. ¿Por qué ella no se había
dado cuenta antes? En su interior, en el lugar que antes ocupaba el miedo, tenía una sensación de
vacío.
—Encárgate de su caballo —ordenó Dany a Ser Jorah. Viserys se la quedó mirando. No daba
crédito a lo que oía. La propia Dany tampoco podía creerse lo que estaba diciendo, pero le salieron las
palabras—. Que mi hermano camine detrás de nosotros hasta el khalasar. —Entre los dothrakis, el
hombre que no iba a caballo no era un hombre, era lo más bajo entre lo más bajo, carecía de honor y
de orgullo—. Que todos lo vean tal como es.
—¡No! —gritó Viserys. Se volvió hacia Ser Jorah—. Dale una bofetada, Mormont —suplicó
en la lengua común, que los jinetes no comprendían—. Hazle daño. Te lo ordena tu rey. Mata a estos
perros dothrakis y dale una lección.
El caballero exiliado miró a Dany y luego a Viserys. Ella iba descalza, tenía tierra entre los
dedos de los pies y aceite en el pelo; él vestía sedas y acero. Dany vio la decisión dibujada en su
rostro.
—Caminará, khaleesi —dijo. Se hizo cargo del caballo del muchacho, mientras Dany volvía a
montar en su plata.
Viserys lo miró y se sentó en la tierra. No abrió la boca, pero tampoco se movió, y los ojos con
que los vio alejarse estaban cargados de veneno. Pronto lo perdieron de vista entre las hierbas altas.
Dany se asustó.
—¿Sabrá encontrar el camino? —preguntó a Ser Jorah.
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