literatura fantástica
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Juego de tronos
DAENERYS
— El mar dothraki— dijo Ser Jorah Mormont al tirar de las riendas para detenerse junto a ella al borde del risco.
Bajo ellos la llanura se extendía, inmensa y desierta, hasta perderse en el lejano horizonte. Dany pensó que sí, que era un verdadero mar. A partir de aquel punto no había colinas, ni montañas, ni árboles, ni ciudades ni caminos, sólo una llanura eterna cubierta de hierba que se ondulaba con el viento como si formara olas.— Es tan verde...— comentó.— Aquí y ahora— asintió Ser Jorah—. Tendríais que verlo cuando florece. Se cubre de flores color rojo oscuro hasta donde abarca la vista, parece un mar de sangre. Si se ve en la estación seca, el mundo se vuelve del color del bronce viejo. Y esto no es más que hranna, niña. Ahí hay cientos de tipos de hierbas, algunas amarillas como el limón y otras oscuras como el índigo, hierbas azules y anaranjadas, y otras que son como un arco iris. Se cuenta que, en las Tierras Sombrías más allá de Assahai, hay océanos de hierba fantasma, más alta que un hombre a caballo y más blanca que la leche. Mata a todas las demás hierbas y brilla en la oscuridad con los espíritus de los condenados. Según los dothrakis algún día la hierba fantasma cubrirá el mundo entero y será el fin de toda vida.
— Prefiero no hablar de eso ahora— dijo Dany; la sola idea hacía que se estremeciera—. Esto es tan bonito que no quiero ni pensar en la muerte de todo.— Como digáis, khaleesi— obedeció Ser Jorah, respetuoso. La joven oyó el sonido de voces a su espalda, y se volvió. Mormont y ella se habían distanciado del resto del grupo, y los demás ascendían por el risco. Su doncella Irri y los jóvenes arqueros de su khas cabalgaban con la elegancia de centauros, pero Viserys se seguía peleando con los estribos cortos y la silla plana. Aquél no era lugar para su hermano, no debería haber ido con ellos. El magíster Illyrio había insistido en que permaneciera en Pentos, le había ofrecido la hospitalidad de su casa, pero Viserys se negó en redondo. Iba a seguir a Drogo hasta que pagara la deuda, hasta que tuviera la corona que le había prometido.
— Y si intenta engañarme, aprenderá por las malas que es peligroso despertar al dragón— había jurado Viserys al tiempo que se llevaba la mano a la espada prestada. Ante aquella afirmación, Illyrio se limitó a parpadear y a desearle buena suerte.
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Dany pensó que, en aquel momento, no quería escuchar ninguna de las quejas de su hermano. El día era demasiado perfecto. El cielo tenía un color azul intenso y sobre ellos, muy arriba, un halcón de caza trazaba círculos. El mar de hierba se cimbreaba y suspiraba con la brisa, el aire le acariciaba cálido el rostro y ella se sentía en paz. No quería que Viserys lo estropeara todo.— Espera aquí— dijo a Ser Jorah—. Di a los demás que no se muevan. Que yo lo he ordenado. El caballero sonrió. Ser Jorah no era un hombre guapo. Tenía el cuello y los hombros de un toro; y el vello negro y crespo que le cubría el pecho y los brazos era tan espeso que no había quedado nada para la cabeza. Pero su sonrisa siempre reconfortaba a Dany.— Estáis aprendiendo a hablar como una reina, Daenerys.— Como una reina, no— replicó ella—. Como una khaleesi.— Espoleó al caballo y descendió al galope por el risco, sola.
La bajada era abrupta y rocosa, pero Dany cabalgaba sin temor, y la alegría y el peligro eran como una canción en su pecho. Viserys se había pasado la vida diciéndole que era una princesa, pero Daenerys Targaryen no se había sentido como tal hasta que no cabalgó en la plata.
No había resultado fácil. El khalasar había levantado el campamento a la mañana siguiente de la boda, dirigiéndose hacia el este en dirección a Vaes Dothrak, y para el tercer día Dany pensó que iba a morir. La silla le provocó llagas horrorosas que sangraban en las nalgas. Tenía los muslos en carne viva, las manos llenas de ampollas de las riendas, y los músculos de las piernas y la espalda le dolían tanto que apenas si aguantaba sentada. Cuando anochecía sus doncellas tenían que ayudarla a desmontar.
Pero las noches tampoco le traían alivio. Khal Drogo ni la miraba mientras cabalgaban, igual que no la había mirado durante la boda. Se pasaba las noches bebiendo con sus guerreros y jinetes de sangre, organizando carreras con los mejores caballos, y viendo a las mujeres danzar y a los hombres morir. En esas partes de su vida, Dany no tenía lugar. Cenaba sola, o con Ser Jorah y con su hermano, y después lloraba hasta quedarse dormida. Pero todas las noches, poco antes del amanecer, Drogo entraba en su tienda, la despertaba a oscuras y la montaba tan despiadadamente como a su garañón.