canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | страница 109
literatura fantástica
Juego de tronos
Cruzó el patio exterior, pasó bajo el rastrillo que daba al patio interior, y se dirigía hacia lo que
creía que era la Torre de la Mano cuando Meñique apareció de repente ante él.
—Os habéis equivocado de camino, Stark. Venid conmigo.
Ned lo siguió, no sin cierta vacilación. Meñique lo guió hasta una torre, bajaron por unas
escaleras, cruzaron un patio pequeño situado a un nivel inferior y recorrieron un pasillo desierto,
vigilado por armaduras vacías. Eran reliquias de los tiempos de los Targaryen: acero negro, en los
yelmos crestas de escamas de dragón, armaduras polvorientas y olvidadas.
—Por aquí no se va a mis aposentos —señaló Ned.
—¿Quién ha dicho que vayamos a vuestros aposentos? Os llevo a las mazmorras. Una vez allí
os cortaré el cuello y emparedaré vuestro cadáver —replicó Meñique con sarcasmo—. No hay tiempo
para tonterías, Stark. Vuestra esposa espera.
—¿A qué jugáis, Meñique? Catelyn está en Invernalia, a cientos de leguas de aquí.
—¿De verdad? —Los ojos verde grisáceos de Meñique brillaban de diversión—. En ese caso,
tiene una doble idéntica. Venid, os lo digo por última vez. O no vengáis, y me quedaré yo con ella.
Bajó las escaleras a buen paso. Ned, agotado, lo siguió. Empezaba a preguntarse si aquel día
tendría fin. No le gustaban las intrigas, pero ya se estaba dando cuenta de que eran parte fundamental
de hombres como Meñique.
Al pie de las escaleras había una puerta pesada de hierro y roble. Petyr Baelish levantó la
tranca e hizo señal a Ned de que saliera. Los envolvió la luz rojiza del ocaso. Se encontraban en
un risco escarpado desde el que se dominaba el río.
—Hemos salido del castillo —dijo Ned.
—No hay quien os engañe, ¿eh, Stark? —se burló Meñique—. ¿Qué os ha dado la pista, el
sol o el cielo? Seguidme. Hay ranuras talladas en la roca. Por favor, no os caigáis, si os matáis
Catelyn no se mostrará nada comprensiva.
Y sin más empezó a descender por el risco, con la agilidad de un mono.
Ned examinó la pared rocosa e inició el descenso, aunque más despacio. Como había
dicho Meñique, encontró ranuras, cortes poco profundos en la roca; resultarían invisibles desde
abajo a menos que uno supiera exactamente qué buscaba. El río estaba muy abajo, a una distancia
aterradora. Ned apretó el rostro contra la roca y trató de mirar hacia él sólo cuando era
imprescindible.
Cuando por fin llegó a la base del risco, a un sendero estrecho y embarrado que discurría
paralelo al río, encontró a Meñique recostado en una roca y comiendo una manzana con gesto
lánguido. Ya casi se la había terminado.
—Os hacéis viejo y lento, Stark —dijo al tiempo que tiraba el resto de la manzana al río
con gesto descuidado—. No importa, haremos el resto del camino a caballo.
Dos monturas los esperaban. Ned montó, y trotó tras él por el sendero y luego por la
ciudad.
Al cabo de un rato Baelish tiró de las riendas ante un destartalado edificio de madera, de
tres pisos, con todas las ventana