BOLETÍN INTERNACIONALIZACIÓN -Julio 2026-1 | 页面 12

El primer trimestre de 2026 estuvo marcado por una creciente divergencia entre las principales áreas económicas desarrolladas. Mientras que EE. UU. mantuvo un ritmo de crecimiento sólido, apoyado en la fortaleza de su demanda doméstica, la zona euro volvió a mostrar síntomas de debilidad, con una actividad estancada y una elevada heterogeneidad entre países. El conflicto en Oriente Próximo y la disrupción energética asociada al estrecho de Ormuz reforzaron las diferencias entre economías más y menos expuestas al encarecimiento de la energía.
La situación geopolítica continúa condicionando el escenario macroeconómico global. Aunque en las últimas semanas se han producido avances hacia una desescalada del conflicto y la reapertura gradual de Ormuz, el proceso está siendo lento. Recientemente, se firmó el Memorandum of Understanding, mediante el cual los principales actores implicados en el conflicto se comprometieron a avanzar hacia un acuerdo de paz en un plazo de sesenta días, lo que podría contribuir a estabilizar la economía de cara al tercer trimestre del año. En todo caso, el impacto energético ha resultado más contenido de lo que se temía en los momentos de mayor tensión. Los precios del petróleo y del gas llegaron a repuntar con intensidad, pero se mantuvieron por debajo de los niveles que se contemplaban en los escenarios más adversos y su transmisión a la inflación ha sido también menor a la prevista inicialmente, sobre todo en la zona euro. En las últimas semanas, no obstante, el precio del barril de Brent ha registrado una caída, situándose de nuevo en niveles habituales, similares a los observados al inicio del conflicto. En este contexto, las previsiones de recuperación del suministro de crudo no son inmediatas, manteniéndose en niveles mínimos desde principios de la década de 1990. Como resultado, el deterioro macroeconómico global ha sido limitado, aunque la incertidumbre geopolítica sigue siendo elevada y la normalización energética está lejos de completarse.
En este contexto, la inflación ha vuelto a situarse en el centro de atención de los bancos centrales. El repunte de los precios energéticos ha interrumpido temporalmente el proceso de desinflación observado durante 2025, aunque sin generar, por el momento, efectos de segunda ronda. La moderación de salarios, unas expectativas de inflación relativamente ancladas, un buen punto de partida de márgenes empresariales y una demanda menos dinámica han contribuido a contener el contagio hacia la inflación subyacente. Aun así, las autoridades monetarias mantienen una actitud prudente ante el riesgo de que las tensiones energéticas terminen trasladándose de forma más persistente al conjunto de la economía.
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