“ Filosofar hoy, en otras palabras, es jugarse la vida, entender que es posible permanecer indiferente a la realidad que nos circunscribe.”
Carta editorial
Hablar de Democracia nos exige volcar nuestros ojos a donde los murmullos, las injusticias y el oprobio claman atención. Duele escribirlo, pero como dice un profesor sabio: escribir es volver a comenzar, y el primer paso siempre es el más indeciso. Desde hace tiempo que esta cuestión no nos dejaba en paz, reclamando los pequeños suspiros que teníamos en nuestras meditaciones, aprisionándonos de golpe: ¿ desde dónde comienza la filosofía hoy? ¿ En dónde estamos parados? Irremediablemente nos dimos cuenta que, probablemente, hoy nos toca filosofar desde las ruinas, rehacernos con ellas; y esos escombros con los que nos toca pensar— y actuar— son los remanentes de la Modernidad, cuyas representaciones alcanzan el paroxismo de la teatralidad en escenarios como la democracia y sus subterfugios a una verdadera justicia: la elección de Trump, el intencionado olvido— como estrategia política— de nuestros hermanos desaparecidos que siguen más presentes que nunca, las exclusiones a grupos de minorías … Filosofar hoy, en otras palabras, es jugarse la vida, entender que es imposible permanecer indiferente a la realidad que nos circunscribe. Creemos en todo caso que esta noción, tal vez vaga, de lo que signifique filosofar hoy no dista mucho, en esencia— si es que hubiera alguna—, de lo que la filosofía ha sido: una dotación y remodelación del sentido. Y en nuestros días, cuando precisamente la vida y la existencia adolecen de sentido, se muestra más clara la necesidad de darle su lugar a la filosofía y a la reflexión.
Foto por: Inés Gutiérrez
“ Filosofar hoy, en otras palabras, es jugarse la vida, entender que es posible permanecer indiferente a la realidad que nos circunscribe.”
Lo elucubrado hasta aquí bien podría corresponder a las siguientes cuestiones: ¿ Por qué filosofamos? ¿ Por qué escribimos? ¿ Por qué nos atrevemos a hacer arte? En realidad, no hay una respuesta definitiva— más aún, ni tendría que haberla— no es que el arte o la reflexión filosófica deban tener un propósito en específico, un artificio político de cualquier otra índole; y, sin embargo, cuando se adentra uno en ellas son la muestra más vívida de esas ruinas que cargan nuestro abismo y en donde entonces, sólo entonces, podremos preguntarnos cómo seguir caminando— o cómo crear nuevos caminos—. ¿ Por qué filosofamos? Porque tal vez sea lo único que nos quede por hacer. ▪
Revista Autarquía
Autarquía 3