Autarquía número nueve | Page 11

Fotografía por: Nico Argoti de segmentos temporales ― cuadros, planos, secuencias, episodios ― y de estratos transversales ― características de imagen, sonido, composición, etc. presentes en todo el film ―. Pero si ampliamos ― como he enfatizado ya ― la experiencia cinematográfica a su condición de encuentro o de relación, se abren sendas preguntas que el analista no debe pasar por alto. Entre ellas, por supuesto, la noción misma de análisis y el nuevo sentido que adquiere: ¿ cómo se desmonta esa experiencia de encuentro? Dentro de la muy vasta literatura que existe en torno al análisis cinematográfico, encuentro por lo menos cuatro métodos que atienden con mayor riqueza a esa pregunta y, por lo mismo, favorecen de manera privilegiada el ejercicio del autoexamen. Son actitudes analíticas, es decir, disposiciones intelectivas ― en el sentido profundo del término, no equiparable a lo meramente racional, sino a la totalidad de la aprehensión humana del mundo ― que pueden establecer un puente muy fecundo entre la experiencia cinematográfica y lo que quizás sea el ejercicio filosófico más básico: ese de conocerse a sí mismo, de revisar y examinar la propia vida. Destacaría entonces el análisis impresionista, el análisis simbólico ― siempre y cuando se caiga en cuenta de la necesaria apertura de los símbolos y la relación que mantiene con los procesos vitales según los cuales el mundo mismo nos aparece como arcano, exigiendo una interpretación constante ―, el análisis de personajes ― que permite establecer procesos de empatía, de reconocimiento de tomas de decisiones, de posturas morales, crisis y resoluciones ― y el análisis temático ― que, al ser consciente de la imposible neutralidad del autor frente a los asuntos que convoca, permite reflejar y aquilatar la propia postura del espectador, ya sea por consonancia o disonancia con la representada en pantalla ―. Cada uno de estos tipos de análisis merecerían un tratamiento demorado para notar sus favores y limitaciones. En las líneas restantes me centraré en el análisis impresionista que, a mi parecer, es el menos conocido no obstante el enorme potencial que tiene para la reflexión filosófica. El análisis impresionista evidencia que el juego de desarticulación / articulación en que consiste todo análisis puede darse por una vía predominantemente emotiva. A veces se piensa que el análisis es una actividad solamente racional o abstracta, pero, al tratarse del cine, ¿ puede haber ― en verdad ― un análisis cabal sin considerar el tipo de vivencia afectiva que está en juego en el interior de la persona que se relaciona con las notas presentes en la pantalla? El contacto simple e inmediato con una película aporta todo un campo de emociones y disposiciones de ánimo que, en sí mismas, son de un valor extremo para el análisis ― y no sólo como un material para abordajes ulteriores supuestamente más objetivos en los que se marca una distancia respecto de dicha esfera emocional ―. De modo que sería un error grave dejar de lado esas aportaciones iniciales que brotan, precisamente, de la relación del espectador con el filme. Se podrá objetar que el espectador, al no carecer de un tono afectivo previo al visionado, suele cargar o proyectar sentimientos ― que son suyos, producto de su momento vital, de su historia personal ― que no encuentran su germen en la película misma. En todo caso, es la película la base sobre la cual se apoyan esas proyecciones. En ese sentido, una película no es nunca la misma película, ni siquiera para un mismo espectador. De ahí también que haya películas que deliberadamente tengan una estructura que permite al público meterse en ellas, soñar dentro de ellas, navegar a través de ellas( lejos, por supuesto, de la mayor parte del cine de industria, diseñado como producto terminado en el que el público es reducido a un mero receptor de impulsos visuales y sonoros). Así pues, el impresionista es un tipo de acercamiento a la obra cinematográfica en el que se privilegia ― sin reservas ― el reconocimiento de la esfera afectiva humana ― de los sentimientos que se desencadenan ante la obra ―, por encima de la racional. Dicho con otras palabras, el supuesto que descansa debajo de este tipo de análisis es el hecho de que una obra no sólo es susceptible de leerse racionalmente, sino de vivirse emocionalmente. Desde este enfoque, pues, el analista se plantea preguntas relativas al cómo la película ha podido producir en él tal o cual efecto, o cómo se le ha inducido a simpatizar con tal o cual personaje. Esas preguntas son, asimismo, una invitación para discernir si los tonos afectivos que fluctúan durante el visionado son rezagos de la vida independiente al film o si se trata de una intención deliberada del autor. En cualquiera de esos casos, ya opera un examen interior. El análisis, además, no se queda en ese nivel. El analista se pregunta constantemente por sus sentimientos ante la obra, pero también por los sentimientos de los personajes ― y sus propias simpatías y antipatías hacia ellos ―, e incluso puede inferir los sentimientos del realizador ― por ejemplo en una película documental sobre desaparecidos en la que el autor mismo ha padecido la desaparición forzada de un ser querido ―. Poner el énfasis del análisis en la esfera emocional no excluye procesos reflexivos que penetren aún más hondo en la revisión de la propia vida: ¿ por qué respondo afectivamente de tal modo ante tal o cual realidad?, ¿ qué fue lo que desencadenó tales sentimientos?, ¿ qué tipo de hombre soy, que reacciona de esta manera y no de otra ante los estímulos presentes en una pantalla? Todas ellas son las preguntas sobre las cuales gira este tipo de análisis. En suma, y atendiendo a las breves notas expuestas arriba, un buen analista es aquel que sabe expresar las modificaciones que produce la obra en su vida; es aquel que puede narrar las aventuras de su espíritu en el tráfago de la película; es quien puede aclarar sus propias tomas de posición frente al cine y frente a su propia vida; es quien se percata de que no se trata sólo de analizar una obra, sino de analizarse a uno mismo frente a la obra. ▪
Bernardo García
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