La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
(De Veinte poemas de amor y una canción desesperada, 1924)
Federico García Lorca
La casa de Bernarda Alba (1936)
Bernarda: Niña, dame el abanico.
Adela: Tome usted (Le da un abanico redondo con flores rojas y verdes).
Bernarda: (Arrojando el abanico al suelo) ¿Es este el abanico que se da a una viuda? Dame uno negro y aprende a respetar el luto de tu padre.
Martirio: Tome usted el mío.
Bernarda: ¿Y tú?
Martirio: Yo no tengo calor.
Bernarda: Pues busca otro, quete hará falta. En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle.
Hacemos cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas. Así pasó en casa de mi padre y en casa de mi abuelo. Mientras, podéis empezar a bordar el ajuar. En el arca tengo veinte piezas de hilo con el que podréis cortar sábanas y embozos. Magdalena puede bordarlas.
Magdalena: Lo mismo me da.
Adela: (Agria) Si no quieres bordarlas, irán sin bordado. Así las tuyas lucirán más.
Magdalena: Ni las mías ni las vuestras. Sé que yo no mevoy a casar. Prefiero llevar sacos al molino. Todo menos estar sentada días y días en esta sala oscura.
Bernarda: Eso tiene ser mujer.
Magdalena: Malditas sean las mujeres.
Bernarda: Aquí se hace lo que yo mando. Ya no puedes ir con el cuento a tu padre. Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón. Eso tiene la gente que nace con posibles.
[...]
(Se oyen unos campanillos lejano como a través de varios muros)
Magdalena: Son los hombres que vuelven del trabajo.
Martirio: ¡Con este sol!
Adela: (Sentándose) ¡Ay, quién pudiera salir con ellos a los campos!
Magdalena: (Sentándose) ¡Cada clase tiene que hacer lo suyo!
Martirio: (Sentándose) ¡Así es!
Amelia: ¡Ay!
La Poncia: No hay alegría como la de los campos en esta época. Ayer demañana llegaron los segadores. Cuarenta o cincuenta buenos mozos.
Magdalena: ¿De dónde son este año?
La Poncia: De muy lejos. Vinieron de los montes. ¡Alegres! ¡Como árboles quemados! ¡Dando voces y arrojando piedras! Anoche llegó al pueblo una mujer vestida de lentejuelas y que bailaba con un acordeón, y quince de ellos la contrataron para llevársela al olivar. Yo los vi de lejos. El que contrataba era un muchacho de ojos verdes, apretado como una gavilla de trigo.
Amelia: ¿Es eso cierto?
Adela: ¡Pero es posible!
La Poncia: Hace años vino otra de estas y yo misma di dinero a mi hijo mayor para que fuera. Los hombres necesitan estas cosas.
Adela:
ANTOLOGÍA LITERARIA II
DEL MODERNISMO A LA ACTUALIDAD
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