ISBN 0124-0854
N º 198 Mayo de 2013 hasta donde mi tía Irene, que no conocía y vivía lejos, y de la que escuchaba que no podía levantarse de su cama; llegaba, la tomaba en mis brazos y le mostraba el mundo. Todavía recuerdo con aprecio esos pensamientos e imaginaciones, y veo con cariño a ese niño que fui.
La Universidad era un mundo inmenso que no cupo en mi cabeza de niño. Bloques gigantes, pasillos que se cruzaban con jardines y otros pasillos, plazas amplias, con jóvenes y libros y más libros. Atravesamos la Universidad y llegamos al bloque 15, donde estaba y todavía funciona el Museo. Si pienso en ese instante, pienso en el comienzo de la aventura.
La Sala de Antropología Graciliano Arcila Vélez me asombró tanto, que durante meses quise volver. Jugué a tener un museo; a imaginar tribus; a que era parte de un grupo prehispánico y ayudaba con la elaboración de piezas para enterrar a un hombre o regalar a una mujer importante y hermosa. ¿ Qué me asombró? La belleza de los objetos, que parecía que albergaran un mar de tiempo donde nadaban historias silenciosas.
Pero, aun más, dos cosas que eran el atractivo de aquel espacio y que para un niño eran fascinantes: tengo vivas las imágenes de dos cabezas pequeñas como de muñecas sin dueña, sin cuerpo, con la boca cosida y la piel terrosa. No recuerdo las palabras del guía, pero algo se
dijo de un grupo indígena, de venganzas, del alma atrapada por los labios cosidos y de collares con cabezas como símbolos de victorias. No parecían mirar a nadie ni a ningún lado; parecían pensar en su pasado, en su futuro y en su presente sin remedio. Días o meses después imaginé la posibilidad de que alguien me cortara la cabeza y la redujera, y en cómo me las arreglaría para que mi alma escapara antes de ser encerrada por la fuerza del hilo. También conservo las imágenes de una momia sentada, con sus rodillas muy cerca del cráneo, como si se escondiera de alguien. Allí estuve mirándola varios minutos, sin entender cómo llegó hasta allí.
Pasaron varios años para que del interés de un niño pasara a fijarme en las verdades que daba el estudio de los vestigios dejados por el hombre. No estudié Antropología, aún me arrepiento, pero los caminos de la vida me llevaron por otras rutas, hasta dejarme en una ciudad europea y con un trabajo que nunca imaginé.
Regresé hace algunos meses a recodar lo vivido de niño en el Museo, pero la sala llevaba cerrada algunos años para remodelarla; no pude ver nada y no pierdo la esperanza de verla de nuevo y muy pronto.