ISBN 0124-0854
N º 85 Diciembre de 2002 visitantes, en japonés y en inglés, firmado por el abad del templo – nos sentiremos despojados de la relatividad de nuestro yo individual, y la intuición del Yo absoluto nos llenará de serena maravilla, purificando nuestras mentes ofuscadas.”
El señor Palomar está dispuesto a seguir estos conceptos con confianza y se sienta en los peldaños, observa las rocas una por una, sigue las ondulaciones de la arena blanca, deja que la armonía indefinible
que liga los elementos del cuadro lo
Palomar
invada poco a poco.
O sea: trata de imaginar todas estas cosas como las sentiría alguien que pudiera concentrarse y mirar el jardín Zen en soledad y en silencio. Porque – habíamos olvidado decirlo – el señor Palomar está en la tarima, apretado, en medio de centenares de visitantes que lo empujan por todas partes, objetivos de cámaras fotográficas y de cine que se abren paso entre los codos, las rodillas, las orejas de la multitud, que encuadran las rocas y la arena desde todos los ángulos, iluminadas con luz natural o con flash. Hordas de pies en calcetines de lana le pasan por encima( los zapatos, como siempre en el Japón, se dejan a la entrada), progenitores pedagógicos empujan a primera fila a proles numerosas, tropeles de estudiantes en
uniforme se apretujan, ansiosos por despachar cuanto antes la visita escolar al monumento famoso; visitantes diligentes, alzando y bajando rítmicamente la cabeza, verifican si todo lo que está escrito en la guía corresponde a la realidad y si todo lo que se ve en la realidad está escrito en la guía.“ Podemos considerar el jardín de arena como un archipiélago de islas rocosas en la inmensidad del océano, o bien como cimas de altas montañas que emergen de un mar de nubes. Podemos verlo como un cuadro enmarcado por las paredes del templo, o bien olvidar el marco y convencernos de que el mar de arena se extiende sin límites y cubre todo el mundo.”
Estas“ instrucciones de uso” están contenidas en el volante, y al señor Palomar le parecen perfectamente plausibles y aplicables de inmediato, sin esfuerzo, con tal de estar verdaderamente seguro de tener una individualidad de que despojarse, de mirar el mundo desde el interior de un yo capaz de disolverse y convertirse únicamente en mirada. Pero justamente este punto de partida es el que requiere un esfuerzo de imaginación suplementario, dificilísimo de realizar cuando el propio yo está aglutinado en una multitud compacta que