ISBN 0124-0854
N º 64 Febrero de 2001 tan dolorosa y desesperada.
Luis Alberto Álvarez Córdoba nació en Medellín, procedente de familias de distinguidos profesionales, algunos de los cuales ejercieron cargos importantes en la administración municipal y departamental. Además de la exquisita formación que recibió en su propio hogar, formación de altos quilates cristianos y humanísticos, fue educado en el colegio San Ignacio de los Jesuítas. Muy joven aún, ingresó a la congregación de los Misioneros Claretianos, a la cual perteneció hasta su muerte. La Congregación de los Claretianos completó la formación intelectual y moral de Luis Alberto en sus propios seminarios y en algunas universidades europeas: la Pontificia Lateranense de Roma y la de Würtsburg en Alemania. Como cristiano, religioso y sacerdote, Luis Alberto fue descubriendo que el arte, la floración humana de la belleza en este mundo, es un camino de dignidad, libertad y realización personal para todos los seres humanos. Creyente como era, se consagró al culto de uno de los atributos del ser, el de la belleza. Atributo
que teólogos y filósofos consideran aun intercambiable con el de la bondad. Este culto lo realizaba Luis Alberto de forma pedagógica: enseñando, a quien quiera que entraba en contacto con él, a gustar de las alegrías más puras que podemos alcanzar aquí en nuestro mundo: las del saber desinteresado, las de la contemplación extática de las formas del universo, de las formas que nosotros, partículas de este universo, creamos y recreamos cada día; las alegrías de la comunión fraterna en esa eucaristía, acción gracias laica, en la amistad, en el amor, de la solidaridad, el respeto por los demás, la compasión, la tolerancia, las libertades personales, la condescendencia, la generosidad.
Por más de veinte años trabajó Luis Alberto en Medellín, escribiendo semanalmente su magistral página de cine en el periódico El Colombiano, dando cursos, conferencias y charlas sobre los temas de su predilección; apoyando diversas iniciativas culturales; empleando la radio, la televisión y el mismo cine, como instrumentos pedagógicos; acompañando y apoyando a jóvenes cineastas que, como el caso de Víctor Gaviria,
reconocen su amistosa influencia. La emisora de la Cámara de Comercio de Medellín y la Emisora Bolivariana, la Sección Cultural del Banco de la República, el desaparecido Instituto Colombo Alemán de esta ciudad, las universidades Nacional, de Antioquia y Pontificia Bolivariana, el Instituto Colombo Americano, La Biblioteca Pública Piloto, la Cinemateca Distrital de Bogotá, el Festival de Cine de Cartagena, los festivales de cine de Berlín y de San Sebastián, numerosas revistas culturales y cinematográficas, tanto nacionales como internacionales, diversas instituciones de la Iglesia y de la Congregación Claretiana, fueron, sin que hayamos sido exhaustivos, los foros frecuentados por el maestro Álvarez. En ellos resonó con calidez su magnífica voz, que se prolongaba en artículos numerosos y hasta en la empresa fundacional de una revista cinematográfica que, junto con Paul Bardwel, el director del Instituto Colombo Americano, Luis Alberto fundó y dirigió, y que, afortunadamente, gracias al tesón reconocido por Paul, continúa publicándose hasta hoy. Los que fuimos hermanos