ISBN 0124-0854
N º 74 Diciembre de 2001 ya mayor que bebía Coca – Cola todo el día y que pesaba ciento cincuenta kilos; era el ama de llaves de mi padre – también lo había criado ella –. Decidí abrir los paquetes: era la mañana de Navidad, estaba despierto, ¿ por qué no? No me tomaré la molestia de describir lo que había dentro: sólo camisas, jerséis y tonterías por el estilo. Lo único que me gustó fue una soberbia pistola de pistones. Sin saber por qué, se me ocurrió que sería divertido despertar a mi padre con un tiro. Y lo hice. " Bang ". " Bang ". " Bang ". Se precipitó fuera de la habitación, con los ojos de par en par. " Bang ". " Bang ". " Bang ". – Buddy, ¿ qué diablos crees que estás haciendo? " Bang ". " Bang ". " Bang ". –¡ Para eso de una vez! Me reí. – Mira, papá. Mira cuántas cosas maravillosas me ha traído Papá Noel. Más calmado, entró en el salón y me abrazó. –¿ Te gusta lo que te ha traído Papá Noel? Le sonreí. Él me sonrió. Fue un largo momento de ternura que se rompió cuando dije: – Sí, papá, pero ¿ qué me vas a regalar tú? Su sonrisa se esfumó. Sus ojos se entrecerraron con suspicacia; podía leerse en su cara la sospecha de que yo le había tendido una
trampa. Pero entonces se sonrojó, como si se avergonzara de pensar en lo que estaba pensando. Palmeó mi cabeza, carraspeó y dijo: " Bueno, había pensado que era mejor esperar y dejar que eligieras algo que desearas realmente. ¿ Hay algo que quieras muy particularmente?" Le recordé el avión que habíamos visto en la tienda de juguetes de Canal Street. Su rostro asintió. Oh, sí, recordaba el avión y cuán caro era. La cuestión es que, al día siguiente, yo ya estaba sentado en el avión, soñando que me elevaba hacia el cielo, mientras mi padre rellenaba un talón para el feliz vendedor. Habíamos hablado de cómo se transportaría el avión hasta Alabama, pero me mostré firme, insistí en que tenía que ir conmigo en el autobús que tomaba a las dos de aquella misma tarde. El vendedor lo solucionó llamando a la compañía de autobuses, que dijo que podrían arreglarlo con facilidad. Pero todavía no me había librado de Nueva Orleans. El problema ahora era una gran petaca de Moonshine; puede que fuera por mi partida, pero el hecho es que mi padre había estado dándole al trago todo el día y camino de la estación, me asustó al cogerme de las
muñecas y susurrarme con amargura: – No voy a dejar que te vayas. No puedo dejar que vuelvas con esa familia de locos a ese viejo caserón de locos. Hay que ver lo que han hecho contigo. ¡ Un niño de seis años, casi siete, hablando de Papá Noel! Todo es culpa suya, de esas viejas solteronas agriadas, con sus Biblias y sus calcetas, de esos tíos tuyos, todos borrachos. Escúchame, Buddy. ¡ Dios no existe! No existe ningún Papá Noel. Me apretaba las muñecas con tanta fuerza que me hacía daño. – A veces, santo cielo, pienso que tu madre y yo, los dos, deberíamos pegarnos un tiro por haber permitido que esto ocurriera.( Él nunca se quitó la vida, pero mi madre sí: pasó a mejor vida hace treinta años). – Dame un beso. Por favor. Por favor. Dame un beso. Dile a tu papá que le quieres. Pero yo no podía hablar. Estaba aterrado de perder el autobús. Y me preocupaba el avión, atado con correas a la baca del taxi. – Dilo: " Te quiero ". Dilo. Por favor. Buddy. Dilo. Por suerte para mí, el taxista era un hombre de buen corazón. Si no hubiera sido por su ayuda, la de unos mozos eficaces y la de un amable