Agenda Cultural UdeA - Año 1999 JUNIO | Page 17

ISBN 0124-0854
N º 46 Junio de 1999 autoconservación de los individuos.
Sin embargo, los prejuicios adquieren su descarga de inaceptable actitud humana cuando ellos sirven sólo excusas para activar relaciones intolerantes, autoritarias y, por supuesto, proclives a las violencias. En el uso cotidiano los prejuicios sirven de“ muletas” para los individuos y los grupos sociales porque ven en ellos unos fines en sí mismos, esto es, la manera más eficaz de imponer sus propios intereses y deseos por la fuerza. De allí el irritante peligro de los prejuicios, sobre todo en el marco de la vida social colombiana donde, al calor de ciertas creencias, opiniones y hábitos, se impone incondicionalmente la relación“ amigo-enemigo: quien no está conmigo está contra mí”. Ya ni hablar de ideologías políticas que si existiesen, tendríamos oportunidad de valorar el debate y la crítica de eso que llamamos vida pública. Ese es el vergonzoso desplazamiento de los prejuicios que al corriente adquieren validez puesto que alimentan y generan la violencia. Los prejuicios son las armas con que cuentan algunos que, al calor de los particularismos desmedidos y naturalmente egoístas, impiden las actividades de la autocrítica y de la autoevaluación de lo que somos y de lo que seremos. La dimensión irracional de los prejuicios se muestra de manera clara cuando, en el uso diario las agrupaciones y las colectividades, convierten en costumbre la actitud de actuar de manera premeditada en la realidad, es decir, en el instante en que entre los individuos no media el uso de la palabra sino la inclemencia de la
barbarie, de la fuerza sin más. En este caso el“ fin no puede justificar los medios”.
No existe mayor peligro cuando se presume que la dimensión social de los prejuicios son los pilares para construir la identidad regional o nacional. Nada ocasiona mayor estupor que considerar la nacionalidad o el regionalismo como problemas que se otorgan y no como proyectos humanos en permanente construcción. Con todo, la violencia está definiendo la imagen colectiva de nuestra nacionalidad, con lo que el motivo de nuestras representaciones individuales y colectivas de lo que significa el país se sustenta más en la autodestrucción. De igual manera sucede con la versión amañada del regionalismo, pues se lo utiliza como una de las formas en que se justifica la desintegración y la aniquilación social. En la era de la globalización, las identidades, sean éstas nacionales y regionales, constituyen un amargo problema para sus respectivas sociedades, porque a la interpretación de la construcción de la identidad como un problema cultural se le suma el interés por el dinero, el cual, apoyado por la eficacia de la publicidad, termina considerando a la identidad como una marca o un producto que puede ser vendida o comprada, según sea el caso. En síntesis, la identidad no cuenta como proceso histórico que exige el esfuerzo de una elaboración consciente de lo que somos, sino como elemento estático que se vincula con la fama y la pose.