ISBN 0124-0854
N º 46 Junio de 1999
Por: Mauricio Hincapié Acosta
Cuando se escribe sobre el maestro Arenas Betancur, es innegable remitirnos a su caminar errante, a su atadura a lo social y a lo político, al mestizaje, materializado todo en su lenguaje plástico, siempre cambiante y en constante búsqueda.
Desde su época de formación en la ciudad de México, es notable en su obra la influencia de artistas como Rivera, Siqueiros y Orozco, representantes del muralismo mexicano. Esta influencia, que traspasó fronteras, y fue adoptada en América por una pléyade de artistas, es asumida por Arenas y enfatizada con el simbolismo aborigen, y permanece de alguna manera presente, a lo largo de toda su producción escultórica.
Sin lugar a dudas, una de las temáticas recurrentes en estos primeros años la constituye la realización de sus maternidades como un homenaje a la mujer, a la vida y a la tierra, con visos precolombinos, temática que al final de su vida recupera con un tratamiento más libre y moderno.
Otra faceta importante en la producción de este escultor, es el trabajo que, con fines conmemorativos, subvencionado por el Estado, desarrolla en varias ciudades del país. En esta época realiza varios homenajes a próceres y héroes de la Patria, a las guerras de emancipación, y a las epopeyas regionales. Estos homenajes dan origen a una nueva etapa en la cual podemos hablar de la aproximación de Arenas Betancur a la
apropiación del espacio público, tendencia que será desarrollada con mayor contundencia por los escultores más jóvenes, quienes desarrollan una escultura que ya no es conmemorativo, y donde la obra misma se convierte en referencia urbana cargada de connotaciones simbólicas.
El énfasis político y social acapara la atención del Maestro al final de su vida, como un mecanismo de protesta frente a las situaciones que vive nuestro país, y surge entonces una obra que, producto de la reflexión, da lugar a la formalización del dolor, la angustia, la violencia y la muerte en la serie de cristos yacentes, desgarrados y descendidos; aquí ya el cristo no es divino sino que tenemos un cristo humanizado.
Una de las obras más características de este período, es la que se encuentra en uno de los espacios de nuestra ciudad universitaria,-“ Cristo Cayendo”-, que unida a“ El hombre creador de energía”, se convierten en iconos indiscutibles, no sólo de nuestra Alma Máter sino de la ciudad. Esta connotación de referentes urbanos, de formas que rompen el espacio de manera ascendente, de apariencia monumental, se repite en nuestra ciudad, saliendo al paso del transeúnte desprevenido que llega a identificarse con estas esculturas.
En definitiva, tenemos a un artista integral, consecuente, abierto a múltiples influencias, en permanente búsqueda y reflexión. Con estas premisas logró hacer una obra con una trayectoria circular, pues esa misma