El Perú ha cruzado el umbral del 12 de abril de 2026 con
una sensación de vértigo. Los resultados que sitúan a Keiko Fujimori y a Roberto Sánchez/Jorge Nieto en la etapa final del proceso electoral, son el reflejo de un país que se niega a la parálisis, pero que teme al precipicio.
Sin embargo, más allá de los colores partidarios, este mapa electoral nos obliga a una lectura cruda: el ciudadano ha votado contra el caos.
Hay caos hacia la izquierda y caos en la derecha. La prisa de los incendiarios lleva a la revuelta de los excluidos, la lentitud de los congelados a un país sentado encima de un volcán, y la agilidad de los corruptos, a una imposible gestión del estado y la empresa privada a favor de la gente. La clave está en decidir transformaciones posibles y prácticas en la vida cotidiana de los peruanos que viajan en
moto taxi y combi. Y hacerlo juntos como Nación. Con un Pacto de Gobernabilidad que reemplace el Pacto de Corruptos del Congreso.
Para que el próximo gobierno no sea simplemente un nuevo capítulo de nuestra tragedia nacional, las transformaciones deben ser radicales en su ejecución y pragmáticas en su concepción, empezando por lo que hoy nos desangra: la inseguridad y la podredumbre institucional.
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