Hay una característica que diferencia al ser humano del resto de vida en el planeta. Mientras toda la vida alrededor nuestro tiene un misión muy especifica que se repite a través del tiempo. Es decir hay un límite a la expansión de consciencia. Como ejemplo tomemos a Juan Salvador Gaviota. Cuando el instaba a las gaviotas a volar más alto, la respuesta era “no hemos sido creadas para ello.”
Pero nosotros, seres humanos, si hemos sido creados para una expansión constante de nuestra consciencia, nuestro ser y nuestras habilidades. Pero haber sido creados para una constante exploración y expansión, no significa que lo hacemos. Muchas veces, como las gaviotas, nos contentamos con volar bajo.
Esta facultad de jugar en contra nuestra -cosa que no ocurre con el resto de vida-, puede deberse a que, al nacer, junto a la posibilidad de expansión constante, traemos otro don: el libre albedrío. Este nos da la libertad de elegir qué hacer de nuestras vidas, en otras palabras, elegir si volamos bajo o alto. La elección es solo nuestra.