-Quizá duerman todavía.
-Eso es imposible. ¿Te imaginas al señor Clutter dejando de ir a la iglesia? ¿Y sólo para
dormir un poco más?
-Vámonos, entonces. Iremos al Profesorado. Susan debe de saber qué ha pasado.
La casa del Profesorado, que se halla enfrente del colegio nuevo, es una construcción
antigua, pardusca y patética. Sus veintitantas habitaciones están divididas en apartamentos
gratuitos destinados a los miembros de la facultad que no pueden encontrar o permitirse otro
alojamiento. Sin embargo, Susan y su madre habían conseguido dorar la píldora y dar
ambiente íntimo y personal a su apartamento, que constaba de tres habitaciones en la planta
baja. Era increíble lo que contenía aquella reducidísima sala de estar: además de los asientos,
un órgano, un piano, un jardín de plantas en tiestos llenos de flores y, generalmente, un perrito
muy vivaz y un enorme gato soñoliento. Aquella mañana de domingo, Susan, una alta y
lánguida damita de cara pálida oval, con hermosos ojos de color gris azulado y manos
extraordinarias de largos dedos flexibles y elegantes, estaba asomada a la ventana de su
habitación observando la calle, vestida para ir a la iglesia y esperando de un momento a otro
ver el Chevrolet de los Clutter, pues ella también iba al servicio religioso dominical
acompañada por los Clutter. En lugar de los Clutter vio aparecer a los Ewalt, que le contaron
la rara historia.
Pero Susan tampoco le supo encontrar explicación, ni su madre, que dijo:
-Si hubiera algún cambio de plan, vamos, estoy segura de que hubiesen llamado. Susan,
¿por qué no les llamas tú? Puede que estén todavía durmiendo, supongo.
-De modo que lo hice -dijo Susan en una declaración de fecha posterior-. Llamé a la
casa y dejé que el teléfono sonara (o por lo menos me dio la impresión de que sonaba), oh,
durante un minuto o más. No contestó nadie y entonces el señor Ewalt sugirió que
volviésemos a la casa y tratáramos de «despertarles». Pero cuando llegamos allí..., yo no
quería hacerlo. No quería entrar en la casa. Me daba miedo y no sé por qué, porque ni me
había pasado por la cabeza. Bueno, algo así nunca se le ocurre a uno. Pero el sol era tan
fuerte, todo parecía demasiado brillante y tranquilo. Y después vi que todos los coches
estaban allí, incluso el viejo Vagón Coyote de Kenyon. El señor Ewalt llevaba ropa de diario
y las botas llenas de barro; le pareció que no iba vestido como para hacer una visita a los
Clutter. Especialmente porque nunca lo había hecho. Quiero decir que nunca había estado en
la casa. Al fin, Nancy dijo que entraría conmigo. Nos fuimos hacia la puerta de la cocina y,
claro, no estaba cerrada con llave, pues la única persona que cerraba puertas con llave en casa
de los Clutter era la señora Helm. Nadie de la familia lo hacía. Entramos y en seguida me di
cuenta de que los Clutter no habían tomado el desayuno: nada de platos, nada en el fuego.
Entonces vi algo extraño: el bolso de Nancy. Estaba en el suelo, abierto. Atravesamos el
comedor y nos detuvimos al pie de la escalera. La habitación de Nancy queda exactamente
arriba. La llamé y empecé a subir los escalones, seguida de Nancy Ewalt. El ruido de nuestros
pasos me asustó más que nada: sonaban tan fuertes y todo estaba tan silencioso... La puerta de
la habitación de Nancy estaba abierta. Las cortinas no habían sido corridas y el cuarto estaba
lleno de sol. No recuerdo haber gritado. Nancy Ewalt dice que grité sin parar. Sólo recuerdo
el osito de peluche de Nancy que me miraba. Y Nancy. Y que eché a correr...
Mientras tanto, el señor Ewalt había decidido que quizá no debió haber dejado entrar a
las chicas solas en la casa. Bajaba del coche para reunirse con ellas cuando oyó los alaridos.
Pero antes de que pudiera llegar a la casa, las jóvenes corrían ya a su encuentro. Su hija
gritaba:
-¡Está muerta! -y refugiándose en sus brazos, añadió-: De verdad, papá. ¡Nancy está
muerta!
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