Jolene no dijo nada. Aquella nota de pánico en la voz de la señora Clutter había hecho
cambiar su estado de ánimo. Jolene no sabía qué decir y solamente deseaba que su madre, que
había prometido ir a buscarla a las once, llegara cuanto antes.
Luego, un poco más calmada, la señora Clutter le preguntó:
-¿Te gustan las miniaturas? ¿los objetos pequeñitos?
Y llevó a Jolene al comedor para que viera una consola en cuyos estantes había un
montón de fruslerías liliputienses: tijeras, dedales, cestos de flores de cristal, minúsculos
muñecos, tenedores y cuchillos.
-Algunos los tengo desde niña. Mi papá y mi mamá, todos nosotros, vivíamos parte del
año en California. Junto al océano. Y había una tienda donde vendían maravillas como éstas.
Estas tacitas -un minúsculo juego de té dispuesto sobre una bandeja, tembló en la palma de su
mano- me las regaló mi padre. De niña fui muy feliz.
Hija única de un próspero cultivador de trigo llamado Fox y hermana adorada de tres
hermanos mayores que ella, pasó una niñez, no mimada, pero protegida imaginando que la
vida era una secuencia de hechos agradables: otoños en Kansas y veranos en California. Una
vida de tomar el té. Cuando tenía dieciocho años, fascinada por la biografía de Florence
Nightingale, se matriculó en un curso de enfermería en el Hospital de Santa Rosa de Greta
Bend, Kansas. No tenía condiciones para ser enfermera y, al cabo de dos años, tuvo que
admitirlo: la realidad de un hospital, sus dramas, sus olores, la ponían enferma. Sin embargo,
hasta la fecha, seguía lamentando no haber terminado aquellos estudios ni conseguido el
título, aunque sólo fuera «para demostrar -como le había dicho en cierta ocasión a una amiga
suya- que por lo menos una vez en la vida había tenido éxito en algo». En cambio, conoció a
Herb y se casó con él. Herb era compañero de universidad de Glenn, su hermano mayor. La
verdad era que, como las dos familias vivían a menos de treinta metros, hacía tiempo que lo
conocían de vista, pero los Clutter, simples agricultores, no mantenían relación social con los
acaudalados y cultos Fox. Pero Herb era guapo, religioso y muy voluntarioso, la quería y ella
estaba enamorada.
-El señor Clutter viaja mucho -siguió diciéndole a Jolene-. ¡Oh, siempre se tiene que ir a
alguna parte! A Washington, a Chicago, a Oklahoma, a Kansas City. A veces me da la
impresión de que no está nunca en casa. Pero dondequiera que vaya, siempre se acuerda de lo
mucho que me gustan las miniaturas. -Abrió un diminuto abanico de papel-. Esto me lo trajo
de San Francisco. Sólo vale unos centavos, pero ¿verdad que es bonito?
Al segundo año de casada, nació Eveanna y, tres años más tarde, Beverly. Después de
cada parto, la joven madre se sentía presa de un inexplicable abatimiento, de una crisis de
tristeza que la llevaba a pasearse de una habitación a otra retorciéndose las manos, aturdida.
Entre el nacimiento de Beverly y el de Nancy transcurrieron otros tres años y ésos fueron los
años de los picnics dominicales y las excursiones al Colorado, años en que ella llevaba la casa
y se sentía el centro feliz de su hogar. Pero con Nancy y luego con Kenyon, las depresiones
postparto se repitieron y, después del nacimiento de su hijo, la infelicidad que la dominaba no
desapareció ya nunca más; era como una nube en el horizonte, que podía traer o no la lluvia.
Tenía algún «día bueno» que en contadas ocasiones sumaban una semana, un mes, pero ni en
los mejores de sus días buenos, cuando volvía a ser «la de antes», la afectuosa y simpática
Bonnie que sus amigos adoraban, lograba la energía y vitalidad social que exigían las
actividades, siempre en aumento, de su marido. El era sociable, un «jefe nato». Ella no y
renunció a intentar serlo. Y así, por caminos bordeados de tiernas miradas y con una fidelidad
íntegra y total, comenzaron a discurrir sus sendas separadas, la de él, una senda pública, una
marcha de satisfactorias conquistas; la de ella, una senda apartada y solitaria, que
eventualmente recorrería los pasillos de hospital. Pero no carecía de esperanzas. La fe en Dios
le daba fuerzas y, de vez en cuando, acontecimientos terrenos complementaban su fe en su
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