Cadillac malva, el ciego propietario de un vivero de serpientes de cascabel de Florida, un
viejo moribundo y su nieto... Y otros muchos más. Y cuando terminó se quedó con los brazos
cruzados y una sonrisa complacida, como si esperara a que lo felicitaran por el humor, la
claridad y el candor de su relato del viaje.
Pero Nye seguía velozmente escribiendo en su cuaderno y Church, que golpeaba
perezosamente con el puño cerrado su palma abierta, callaba... hasta que de pronto dijo...
-Supongo que sabes por qué estamos aquí.
La boca de Dick cobró rigidez. Su postura también.
-Imagino que te darás cuenta de que no hemos venido hasta aquí, hasta Nevada, sólo por
un par de timadores de pacotilla.
Nye había cerrado el cuaderno. También él miraba fijamente al preso y observó que un
racimo de venas había aparecido en su sien izquierda.
-¿No te parece, Dick?
-¿Qué?
-Venir desde tan lejos para charlar de un puñado de talones sin fondos.
-No veo otra razón.
Nye dibujó un puñal en la cubierta de su cuaderno y mientras lo hacía dijo:
-Dime, Dick, ¿has oído hablar del asesinato de los Clutter?
A lo que, como escribiría posteriormente en el informe oficial de la entrevista: «El
sospechoso experimentó una intensa reacción perfectamente visible. Se puso gris. Se le
desviaron los ojos.”
Hickock dijo:
-¡Alto ahí! Aguarden un poco, yo no soy un jodido asesino.
-La pregunta -le recordó Church- era si habías oído hablar del asesinato de los Clutter.
-Puede que leyera algo -dijo Hickock.
-Un crimen infecto. Infecto. Cobarde.
-Y casi perfecto -saltó Nye-. Pero cometisteis dos equivocaciones, Dick. Una, dejar un
testigo. Que prestará declaración ante los tribunales. Que se sentará en el banquillo de los
testigos y le dirá al jurado cómo Richard Hickock y Perry Smith ataron, amordazaron y
asesinaron a cuatro personas indefensas.
La cara de Dick recuperó los colores:
-¡Un testigo con vida! ¡Eso no puede ser!
-¿Porque pensaste que te habías librado de todos?
-Dije que no podía ser. Nadie puede relacionarme a mí con ningún jodido asesinato.
Cheques. Algún que otro hurto. Pero no soy un maldito asesino.
-Entonces -preguntó Nye con calor-. ¿Por qué nos has mentido?
-He dicho la puñetera verdad.
-A veces. No siempre. Por ejemplo eso de la tarde del sábado catorce de noviembre.
Has dicho que fuisteis en el coche a Fort Scott.
-Sí.
-Y que cuando llegasteis allí fuisteis a correos.
-Sí.
-Para averiguar la dirección de la hermana de Perry.
-Eso es.
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