pesar de que llegó aterido y rojo de frío, el recibimiento que le hicieron le desentumeció
completamente. Nancy estaba admirada y orgullosa y su madre, casi siempre tan tímida y
distante, lo abrazó, lo besó y le instó a que se envolviera en un edredón y se sentara junto a la
chimenea de la sala. Mientras las mujeres trajinaban en la cocina, él, Kenyon y el señor
Clutter se quedaron sentados alrededor del fuego, cascando nueces y pacanas. Clutter dijo que
le venía a la memoria otra Navidad cuando él tenía la edad de Kenyon:
-Éramos siete. Mi madre, mi padre, mis dos hermanas y los tres chicos. Vivíamos en
una granja muy apartada de la ciudad. Por esa razón teníamos la costumbre de hacer de una
sola vez nuestras compras de Navidad. Hacíamos un solo viaje y lo comprábamos todo. Aquel
año, la mañana destinada a las compras, la nieve estaba tan alta como hoy, o quizá más, y
además seguía nevando: copos como platillos, íbamos a tener unas Navidades sin regalos, allí
aislados por la nieve. Mi madre y mis hermanas estaban desconsoladas. Entonces se me
ocurrió una idea.
Ensilló el caballo de tiro más fuerte que tenían, se fue con él a la ciudad para hacer las
compras de todos. La familia celebró la idea. Cada cual entregó a Clutter sus ahorros y la lista
de lo que quería; cuatro metros de batista, un balón de fútbol, una almohadilla para alfileres,
cartuchos de fusil, tal cantidad de encargos que no terminó hasta la noche. De vuelta a casa,
con las compras seguras dentro de una bolsa impermeable, no pudo menos que agradecer a su
padre que le hubiera obligado a llevarse una lámpara y que los arreos del caballo estuvieran
provistos de campanillas porque ambas cosas, el airoso tintineo y la oscilante luz de la
lámpara de petróleo, le hacían compañía.
-El viaje de ida fue fácil: coser y cantar. Pero a la vuelta, la carretera había desaparecido
con todas sus indicaciones.
Cielo y tierra, todo era nieve. El caballo, metido en ella hasta las ancas, resbaló de lado.
-Dejé caer la lámpara. Estábamos perdidos en la noche. Era sólo cuestión de tiempo
hasta que nos durmiéramos y muriéramos de frío. Sí, pasé miedo. Pero recé. Y sentí la
presencia de Dios...
Unos perros aullaban. Anduvo en dirección a los aullidos hasta que logró ver las
ventanas de una granja vecina.
-Debí quedarme allí. Pero pensé en la familia, imaginé que mi madre estaría llorando,
que papá y los chicos saldrían a dar una batida y seguí adelante. Así que, naturalmente, no me
complació mucho cuando por fin llegué a casa y vi que estaba completamente a oscuras. Las
puertas cerradas. Me encontré con que todos se habían acostado y se habían olvidado de mí.
Nadie comprendía por qué estaba deprimido. Mi padre dijo:
-Estábamos convencidos de que pasarías la noche en la ciudad. ¡Por todos los santos,
muchacho! ¿Quién iba a pensar que harías la locura de volver a casa con una tempestad como
ésta?
El olor a sidra de las manzanas podridas. Manzanos y perales, melocotoneros y cerezos:
el huerto de árboles frutales, aquel tesoro que había plantado el señor Clutter. Bobby, en su
carrera sin rumbo, no se había propuesto llegar allí ni a ninguna otra parte de River Valley.
Era inexplicable y se dio la vuelta para marcharse pero volvió sobre sus pasos y se dirigió a la
casa, blanca, sólida y espaciosa. Siempre le había impresionado aquella casa y le gustaba
pensar que su novia vivía allí. Pero ahora que estaba falta de los esmerados cuidados de quien
había sido su dueño, las primeras telarañas del abandono se empezaban a tejer. Un rastrillo
estaba tirado en mitad del camino, el césped agostado y descuidado. Aquel fatal domingo,
cuando el sheriff pidió que enviaran ambulancias para sacar de allí a la familia asesinada, las
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