ella una caseta para el perro de la familia y un hoyo de arena y columpios para los niños. En
aquel momento, los cuatro (perro, dos niños pequeños y una niña) jugaban allí bajo un plácido
cielo. Ella esperaba que estuvieran contentos hasta que sus invitadas se hubieran marchado.
Cuando sonó el timbre y la señora Johnson fue a abrir, llevaba puesto el que a sus ojos era el
vestido que le sentaba mejor: un vestido de punto amarillo que le marcaba el tipo y hacía
resaltar el espléndido color té claro de su tez, de cherokee, y la negrura de su pelo corto.
Abrió la puerta dispuesta a recibir a sus tres vecinas pero se encontró, en cambio, con dos
desconocidos: dos hombres que se llevaron la mano al sombrero y le mostraron, abiertas,
sendas carteras de bolsillo con un distintivo.
-¿La señora Johnson? -preguntó uno de ellos-. Me llamo Nye. Le presento al inspector
Guthrie. Pertenecemos a la policía de San Francisco y acabamos de recibir orden de Kansas
de abrir una investigación sobre el hermano de usted. Perry Edward Smith. Al parecer, ha
dejado de presentarse al oficial correspondiente como se comprometió en su solicitud de
libertad bajo palabra y quisiéramos saber si usted puede decirnos algo sobre su paradero.
La señora Johnson no pareció turbada y, desde luego, en absoluto sorprendida, al ver
que la policía se preocupaba de las andanzas de su hermano. Lo que la inquietaba era la
perspectiva de que sus invitadas la encontraran allí contestando a las preguntas de dos
policías.
-No. Yo no sé nada. Hace cuatro años que no veo a mi hermano Perry.
-Se trata de algo serio, señora Johnson -insistió Nye-. Nos gustaría hablar sobre ello.
La señora Johnson no tuvo más remedio que ceder, hacer entrar a los policías y
ofrecerles café (que aceptaron).
-Hace cuatro años que yo no veo a Perry. Ni he sabido nada de él desde que le
concedieron la libertad bajo palabra. El verano pasado, cuando salió de la cárcel fue a ver a
mi padre que estaba en Reno. En una carta, mi padre me decía que pensaba volverse a Alaska
y que Perry se iba con él. Luego volvió a escribirme, creo que en septiembre. Estaba furioso.
El y Perry se habían peleado y se separaron antes de cruzar la frontera. Perry se volvió atrás y
mi padre se fue a Alaska solo.
-¿Desde entonces no le ha vuelto a escribir?
-No.
-Entonces ¿cree usted posible que últimamente su hermano haya vuelto con él? ¿En este
último mes?
-No lo sé. Ni me importa.
-¿Están ustedes en malas relaciones?
-¿Yo con Perry? Sí, le tengo miedo.
-Sin embargo, mientras estaba en Lansing usted le escribía con frecuencia o por lo
menos eso es lo que nos han dicho las autoridades de Kansas -dijo Nye.
El otro hombre, el inspector Guthrie, parecía concentrado en su papel secundario.
-Yo pretendía ayudarle. Esperaba poder hacer que cambiar algunas de sus ideas. Ahora
lo conozco mejor. Los derechos del prójimo no significan nada para Perry. No respeta a nadie.
-Y de sus amigos. ¿Conoce alguno con quien pudiera estar ahora?
-Joe James -contestó.
Y explicó que era un leñador y pescador indio que vivía en el bosque cerca de
Bellingham, Washington. No, ella no le conocía pero tenía entendido que él y su familia eran
personas generosas que habían dado albergue a Perry en más de una ocasión. La única
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