-¿Le conoce?
Un gruñido negativo.
-¿Y a éste?
-¡Uh-jú! Se quedó aquí un par de veces. Pero ahora no está. Se largó hará un mes.
¿Quiere ver el registro?
Nye se apoyó en la mesa y observó cómo las largas y lacadas uñas de la propietaria
buscaban en una página llena de nombres escritos a lápiz. Las Vegas era la primera localidad
que sus superiores le indicaron visitase. Cada una de ellas había sido elegida por la relación
que tenía con la de Perry Smith. Las otras dos eran Reno, donde se creía que vivía el padre de
Smith y San Francisco, residencia de la hermana de Smith que llamaremos aquí señora de
Frederic Johnson. Si bien Nye tenía planeado entrevistarse con ambos familiares, y con
cualquiera que pudiera tener conocimiento de las idas y venidas del sospechoso, su objetivo
principal era obtener la colaboración de la policía local. Al llegar a Las Vegas, por ejemplo,
discutió el caso Clutter con el teniente B. J. Handlon, jefe de la Oficina de Investigación del
Departamento de Policía de Las Vegas. El teniente redactó un aviso en el que se pedía a todo
el personal de policía que tuviera los ojos bien abiertos en caso de que se tropezaran con
Hickock y Smith: «Reclamados en Kansas por violación de palabra y se les supone en
posesión de un Chevrolet 1949 con matrícula de Kansas JO-58269. Van probablemente
armados y se consideran peligrosos.» Además, Handlon había destacado un agente para
acompañar a Nye a «investigar prestamistas» porque como dijo, «hay siempre un enjambre de
ellos en todas las ciudades de juego». Juntos, el detective de Las Vegas y Nye, verificaron
todas las papeletas de empeños libradas durante el mes anterior. Nye esperaba,
concretamente, encontrar una radio portátil de marca Zenith que se suponía robada de la casa
de Clutter la noche del crimen, pero en esto no tuvo suerte. Uno de los prestamistas se
acordaba de Smith («Hace sus buenos diez años que entra y sale de aquí») y pudo mostrarles
el resguardo de una piel de oso, empeñada en la primera semana de noviembre. De este
resguardo sacó Nye la dirección de la pensión.
-Llegado el trece de octubre -dijo la patrona-. Salido el once de noviembre.
Nye contempló la firma de Smith. Las fiorituras, lo rebuscado del trazo, le llamaron la
atención, cosa que al parecer la patrona adivinó porque exclamó:
-¡Uh-jú! ¡Y tendría que oírlo hablar! Palabras importantes, ampulosas, viniendo de esa
especie de sibilante cuchicheo. Todo un personaje. ¿Qué tienen contra él? Contra ese
granujilla...
-Violación de palabra.
-¡Uh-jú! Venir desde Kansas por una cosilla así. Bueno, yo sólo soy una rubia un poco
estúpida y le creo. Pero no le vaya con ese cuento a ninguna morena -alzó el bote de cerveza y
bebió de un trago hasta dejarlo vacío; luego, pensativa, lo hizo girar entre las manos pecosas y
de venas abultadas-. Sea lo que fuese, no será nada gordo. No puede serlo. Todavía ha de
nacer el hombre del que yo no sepa decir de qué pie cojea. Ese no es más que un granujilla.
Un granujilla que estuvo intentando camelarme para no pagar la última semana.
Soltó una risita ahogada, por lo absurdo de la ambición, seguramente.
El detective preguntó cuánto había pagado Smith por su habitación.
-Tarifa normal. Nueve dólares a la semana. Más medio dólar como depósito por la llave.
Rigurosamente al contado. Rigurosamente por anticipado.
-Mientras vivía aquí ¿qué solía hacer? -preguntó Nye-. ¿Tiene algún amigo?
-¿Es que se cree que tengo los ojos puestos en todas las buenas piezas que vienen por
aquí? -replicó la patraña-. Vagabundos. Granujas. No me interesan. Tengo una hija muy bien
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