veces no lo tenía en cuenta, sobre todo si estaba aburrido y le entraba sueño. Así que cuando
vio a los dos muchachos que aguardaban al borde de la carretera, frenó inmediatamente.
Parecían buenos chicos. El más alto, un tipo delgado pero fuerte, de pelo rubio
pardusco, cortado a cepillo, tenía una sonrisa atractiva y muy buenos modales. Su compañero,
el «enano», que llevaba en la mano derecha una armónica y con la izquierda sostenía una
maleta de paja llena hasta reventar, parecía «bastante simpático», tímido pero agradable. El
señor Bell, totalmente ignorante de las intenciones de sus invitados (que incluían
estrangularlo con un cinturón y abandonarlo, tras robarle coche y dinero, en la inmensa fosa
de la pradera), se alegraba de tener compañía, alguien con quien hablar y que le mantuviera
despierto hasta llegar a Omaha.
En seguida se presentó él mismo y luego les preguntó sus nombres. El afable joven con
el que compartía el asiento delantero le dijo que se llamaba Dick:
-Y éste es Perry -añadió guiñándole un ojo al que iba sentado inmediatamente detrás del
conductor.
-Chicos, yo os podré llevar hasta Omaha.
-Muchas gracias, señor -contestó Dick-. Precisamente es a Omaha adonde nos
dirigimos. Esperamos encontrar trabajo allí.
¿Qué clase de trabajo andaban buscando? El viajante de comercio pensó que quizás él
pudiera ayudarles.
Dick le dijo:
-Soy pintor de coches de primera. Y mecánico además. Estoy acostumbrado a ganar
dinero a lo grande. Mi amigo y yo hemos estado por allá, por México. Llevábamos la idea de
quedarnos a vivir allí. Pero, carajo, no se gana nada. No se ganan sueldos que le permitan a un
blanco salir adelante.
¡Ah, México! El señor Bell dijo que había pasado su luna de miel en Cuernavaca:
-Siempre hemos querido volver, pero es muy difícil hacer un viaje cuando se tienen
cinco críos.
Perry, como comentó más tarde, pensó: «Cinco hijos ¡Bueno, mala suerte!» Y mientras
escuchaba la pedante cháchara de Dick que comenzaba a describir sus «conquistas
mexicanas» pensó también que era un «botarate», un «ególatra». No había más que ver,
tomarse tanto empeño en impresionar al tipo que vas a matar, un hombre que no va a estar
con vida ni diez minutos más, por lo menos, si el plan que habían dispuesto él y Dick no tenía
tropiezos. ¿Y por qué iba a tenerlos? Las condiciones eran ideales, exactamente lo que los tres
días que tardaron en ir de California a Nevada, atravesando Nevada y el Wyoming, hasta
Nebraska en auto-stop, buscaban. Sin embargo, hasta entonces no habían logrado dar con la
víctima apropiada. El señor Bell era el primer viajero solitario de aspecto próspero que se
había ofrecido a llevarlos. Los demás habían sido o conductores de camión o soldados, amén
de un par de boxeadores profesionales negros que llevaban un Cadillac color malva. Pero el
señor Bell era perfecto. Perry hurgó en un abultado bolsillo de su guerrera de piel hasta palpar
un tubo de aspirina Bayer y una piedra afilada del tamaño de un puño, envuelta en un pañuelo
amarillo de cow-boy. Se aflojó el cinturón, un cinturón navajo de hebilla de plata y adornos
de turquesa. Se lo sacó, lo dobló y se lo puso sobre las rodillas. Aguardaba. Observaba la
pradera de Nebraska, que pasaba velozmente. Hizo sonar la armónica: empezó una melodía y
siguió tocándola mientras esperaba a que Dick pronunciara la señal acordada: «Eh, Perry
pásame una cerilla.» A ella, Dick debía hacerse con el volante mientras Perry, con la piedra
envuelta en el pañuelo, golpearía la cabeza del viajante de comercio hasta «abrírsela». Más
tarde, en cualquier carretera solitaria, el cinturón de las cuentas azules entraría en juego.
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